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La sala de cine

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El suceso que le vamos a narrar ocurrió, por vez primera, un sábado de verano del año 1969, en un pequeño pueblo de México que no pasaba de los diez mil habitantes. Allí se construyó un modesto cine en las afueras, en un lugar donde se decía que antiguamente había sido un cementerio. Con la novedad la gente se volvió loca y las primeras semanas llenaron la sala. Pero, poco a poco, la población comenzó a acostumbrarse, hasta que por primera vez alguien fue al cine sin compañía alguna.

Se trataba de Juan, un universitario que pasaba los fines de semana en el pueblo, haciendo compañía a su pobre y solitaria madre. Por aquellas fechas eran fiestas del pueblo y nadie pensaba en ir al cine excepto él, que prefería evadirse de todo.

Al llegar pidió su entrada y el taquillero le dijo: “Va a ver una gran película señor. ¿Pero va Usted solo?”

Y Juan le respondió: “Así es. De todas formas aquí no conozco a mucha gente, porque estoy poco en el pueblo”.

“Disfrute de la película”, dijo indiferente el vendedor y se dio vuelta para atender sus asuntos… Juan agarró su boleto y entró al cine. Había tres puertas, cada una con un número y el entró por la 3. La sala aún estaba en penumbras ya que faltaban como diez minutos para el comienzo de la proyección. Sin pensárselo mucho, Juan eligió una de las primeras filas y se acomodó en uno de los asientos. De repente escuchó el sonido de la puerta al abrirse por lo que giró intrigado para ver quien entraba y comprobó con sorpresa que la puerta estaba totalmente abierta y nadie había más que él en la sala.

Lo encontró muy extraño, pero no le dio mucha importancia y se volvió hacia la pantalla que ya se comenzaba a proyectar la película.

Mientras pasaban los créditos iniciales, Juan volvió a oír la puerta de la sala, por lo que volvió a girar y lo que vio le inquietó profundamente. Alcanzó a distinguir la silueta de una niña pequeña, como de cinco años, entrando a la sala y cerrando la puerta tras de sí. Lo que le impactó es que no distinguió ninguno de los rasgos de la niña, es más, su silueta era incluso más oscura que las paredes de la sala.

Juan, aterrorizado, se volvió otra vez hacia la pantalla, cerró los ojos, respiró hondo y se levantó de su asiento para inspeccionar más detenidamente el lugar. No, definitivamente no había nadie allí aparte de él mismo. Ya más aliviado, se concentró en seguir el argumento del film.

Una hora más tarde el joven se olvidó de la inquietante niña y disfrutaba con la película pero, súbitamente, casi le da un ataque al corazón… una mano le rozó su brazo izquierdo, una mano pequeña, sin duda infantil. Había alguien sentado a su lado…

Juan quedó paralizado, sin poder mover ningún músculo y no atreviéndose a averiguar quién estaba allí, se limitó a mirar la película pero incapaz de concentrarse en ella. En cierto momento cercano al final del film, donde no había música ni diálogos, Julián escuchó una respiración a su lado. Una respiración fuerte, agitada, casi diabólica, que no se correspondía de ninguna forma a la de una niña. Sin poder aguantar más, el universitario giró bruscamente su cabeza hacia su izquierda esperando ver qué era aquello…

Fuera, el taquillero se tomaba una cerveza mientras escuchaba la radio. Repentinamente le pareció haber oído un grito, un grito horrible, infernal, inhumano, que le puso la piel de gallina. Alarmado, cogió su linterna y fue corriendo a la sala. Con el potente haz de su linterna, inspeccionó cada rincón de la sala mientras llamaba al que era su único cliente aquella sesión… Comenzaron a aparecer los créditos finales de la película y el taquillero no encontró nada.

Juan fue buscado por la policía y por toda la gente de la ciudad durante semanas sin encontrar nunca un solo rastro del joven que nunca más fue visto en ningún lado…

A partir de ese sábado, cada vez que alguien entra solo a la sala de aquel cine cuenta con la silenciosa compañía de una extraña niña que les da la mano y, antes de terminar el filme, se los lleva a su dimensión para que le hagan compañía…

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