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Las zapatillas de mi padre…
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Las zapatillas de mi padre…

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Tab Machado
Tab Machado

Mi padre no me legó dinero, tampoco propiedades, ni capital, ni fortuna, lo que me queda de él son unas simples zapatillas que son de mi propiedad desde noviembre de 1995. Casi 20 años de una herencia que atesoro con el alma, uso y cuido con celo y a las que he tenido que coser y pegar más de una vez porque me han acompañado de país en país, de ciudad en ciudad y de casa en casa, aguantando el trajín de mi paso por la vida y soportando el peso de mis esperanzas…

Tal vez, quizás, muchos ya las hubiesen tirado a la basura por lo viejas y desgastadas que están o las hubiesen dejado ‘olvidadas’ en alguna mudanza obligándose a comprar nuevas, modernas y de marca pero yo simplemente no puedo, no quiero y jamás voy a deshacerme de ellas. Siempre he sido de comprar pocas cosas para vestirme, solo lo imprescindible para andar limpio, aseado y decoroso, porque creo que uno se adorna por fuera para tapar el vacío que lleva adentro, así que prefiero invertir, cultivar y hacer crecer el espíritu, que es lo que me permite ser verdaderamente feliz.

En el caso de las zapatillas que heredé (y que hoy ya están así como las ves) no las puedo sustituir por nada nuevo porque no son comunes… No, ¡qué va! son zapatillas especiales que a veces me permiten caminar en las nubes sosteniendo en vilo mi esperanza o contemplar absorto el escrito que a tus ojos tienes. A veces me aprietan y me incomodan, sobre todo cuando flaquean los valores (como recordándome quien soy y de donde provengo) o me confortan luego de un día difícil o de un momento de dolor.

Si serán especiales que cuando tengo a mi frente un problema que es difícil y creo ya no tener fuerza para sobreponerme, juro que estas zapatillas me hablan y me dicen, como solía hacerlo mi padre: ‘¡los Machado no se rinden!’ y un brío incontrolable sacude mis entrañas haciéndome redoblar esfuerzos para superar la adversidad.  Y a menudo, cuando repaso el trabajo y la obra del dueño original, estas viejas y gastadas zapatillas se vuelven muy, muy, grandes tanto que me siento diminuto en ellas y me permiten darme un baño de humildad…

Juro que es una bendición tenerlas, porque me conectan a diario con mis valores y son un vínculo indeleble con quien me enseñó (junto a mi madre) lo más importante de la existencia humana: la profundidad interior… Por eso son especiales, únicas, invaluables, porque me recuerdan cada día que para ser feliz no se necesita mucho oropel afuera y si mucha riqueza adentro.  Para mí son algo más que unas viejas zapatillas, son el recordatorio físico de lo que se me inculcó cuando niño. ¡Gracias viejo por dejarme tan poco y, a la vez, dejarme tanto!zapatillas

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