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Lecciones que no se olvidan…

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Tab Machado
Tab Machado

La honestidad u honradez es, sin dudas, una de las mayores cualidades que puede tener un ser humano y una de las más apreciadas, porque en ella se basa y descansa cualquier relación entre semejantes. La honestidad consiste en comportarse y expresarse con coherencia, sinceridad y de acuerdo con los valores de verdad y justicia, expresando respeto por los demás y por uno mismo.

En un mundo como el de hoy, donde la competencia es total, el poder corrompe, la economía manda, el placer se impone  y la conveniencia personal prima largamente sobre otros valores, la honestidad pasa a ser una virtud superlativa, que es valorada y respetada en grado máximo, porque brinda algo que escasea en la sociedad actual: confianza total y absoluta.

Hace muchísimos años atrás, cuando apenas tenía seis años, mi padre me dio una lección práctica e inolvidable sobre lo que significa la honradez u honestidad, una lección que jamás olvidaré y que marcó a fuego el resto de mi existencia…

Vivíamos en un pequeño pueblo en la frontera de dos países y mi padre era el principal de Aduanas. Un domingo tuvo que ir a cumplir  un trámite administrativo a las oficinas porque alguien se trasladaba de un país a otro y me llevó con él. Para llegar a su oficina debíamos recorrer un largo pasillo donde había depósitos repletos de mercadería y quiso el destino que cerca de una de las puertas de esos depósitos  había quedado olvidada, quien sabe porque, una reluciente cajita de chicles que contenía tan solo dos unidades. Muy pequeña e insignificante para todos, pero en mis ojos refulgió como un gran tesoro… Cuando llegamos hasta donde estaba la cajita me agaché a buscarla, saboreando por anticipado el momento de disfrutar de la golosina, cuando mi padre secamente me paró y me dijo: “¿qué haces?”… Su voz retumbó en el silencio del lugar y aun hoy me parece escucharla clara y diáfanamente… Yo le dije con total inocencia, “iba a recoger la cajita de chicles para…”, pero mi padre ni siquiera me dejó terminar la frase y con mayor énfasis que la primera vez, me dijo mas fuerte aun: “¿Acaso es tuya?”…

Sin entender aun porque mi padre me impedía agarrar la cajita de chicles y frustrado por el momento le dije: “no, ¿pero quien va a saber que la agarré?” Y mi padre me dijo: “voy a saber yo y con eso basta… jamás agarres lo que no es tuyo… esa es la mejor manera de que, al llegar la noche, pongas la cabeza en tu almohada y duermas en paz con tu conciencia”… En la tarde mi padre culminó su gran enseñanza comprándome una cajita de chicles y diciéndome: “este si puedes disfrutarlo porque es tuyo, yo te lo regalo”… En realidad me regaló algo más que una golosina, me obsequió una  lección práctica e inolvidable de cómo se debe de proceder en la vida.

Han pasado muchos años de aquel momento, ya mi padre no está físicamente conmigo, pero sus enseñanzas las llevo grabadas a fuego en mi corazón porque me han permitido ver la vida desde otra perspectiva, donde la honradez, la honestidad y la confianza son el puntal donde descansa la relación con los demás… Ojalá esa forma de enseñar tan gráfica y contundente  algún día pueda transmitírsela a mis hijos porque son lecciones que no se olvidan…

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