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Leyendas de Durango

Leyendas de Durango

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Esta semana le traemos dos leyendas de Durango muy conocidas. La primera de ellas llamada Cuca Mía, una historia de amor que tiene como conclusión un poema como epitafio de una tumba.

La leyenda narra que cuando eran los primeros años de la Revolución Mexicana Gabriel Gavira se incorporó al ejército que luchaba contra la Dictadura Porfirista. Gaviria participó en muchos combates donde siempre se distinguió por su valentía por lo que pudo llegar a General Brigadier.

Debido a su carrera militar Gaviria viajó por gran parte de México y en la ciudad de Guanajuato conoció a María del Refugio una joven mujer de la cual se enamoró perdidamente. Gaviria solía decirle cariñosamente Cuca a la joven.

Todas las noches se veían en el balcón de la casa y pronto hicieron compromiso de matrimonio concertando la realización del evento para una fecha muy próxima. De pronto llegó a la jefatura de Operaciones Militares un telegrama que solicitaba la urgente presencia de la Brigada comandada por Gavira para que se presentase de inmediato en la ciudad de Zacatecas.

Aquella orden le cayó al militar como un baño de agua fría, pero de inmediato se reunió con sus oficiales y les informó la salida urgente de la brigada y ordenó el acuartelamiento de la tropa. Cuando finalmente pudo desocuparse se encaminó hacia lo de su novia para comunicarle lo ocurrido.

Al estar junto a su amada le informó lo que ocurría y le dijo que, por su viaje, la boda tendría que postergarse hasta su regreso. Cuca llorando le pidió por favor que la dejase acompañarlo y fue así como María del Refugio abordó el tren militar para acompañar a su amado. Poco tiempo estuvieron en Zacatecas, dado que las operaciones de guerra reclamaron la presencia de la brigada de Gaviria en la ciudad de Torreón. Cuca también acompañó a su esposo. Pasó el tiempo y considerando el presidente Carranza, que Villa tenía en jaque a los Estados de Durango y Chihuahua ordenó al general Gavira que se hiciese cargo de la Comandancia Militar y Gobierno de Estado de Durango. Así María del Refugio se convirtió en la primera dama del Estado. El 24 de febrero de 1918, las fuerzas de Villa intentaron formalmente destruir un gran contingente militar federal que se encontraba acantonado en Santa María del Oro.

Al conocer esto el jefe de operaciones militares decidió salir con un fuerte contingente de tropas a batir a los villistas. Así salió el General Gavira a hacerse cargo del personal de acciones militares. Cuca se quedó con el corazón partido porque no pudo acompañar a su esposo. Se encontraba embarazada de su tercer hijo y su estado de salud era delicado así que, al despedir al General le dijo: “Dios te ha de cuidar y si te toca la de malas, deja dicho que trasladen tu cadáver a mi presencia para darte el beso en el que estamos comprometidos”.

El militar tuvo suerte y salió airoso en su campaña y consiguió replegar al enemigo. Entusiasmado, regresó a la ciudad de Durango para reencontrarse con su esposa, solamente que el destino le había dispuesto lo inesperado: el delicado estado de salud de María del Refugio no resistió la angustia de la ausencia del esposo y falleció repentinamente. Inútiles fueron los esfuerzos realizados por avisarle al General Gavira. Cuando llegó a su casa hacia veinticuatro horas que habían sepultado a su esposa. Gaviria recordó entonces lo que su mujer le había dicho al momento de su partida y sin meditarlo se hizo acompañar por un pelotón de soldados dirigiéndose al Panteón de Oriente. Al llegar al sepulcro ordenó la exhumación del cadáver ya que quería contemplar a su amada y entregarle el beso postrero de despedida.

Grande fue su sorpresa y mayor su desesperación, al abrir el féretro y constar que el cuerpo estaba bocabajo y en las manos acusaba huellas de haber hecho esfuerzo por abrir la caja. Todo manifestaba que su esposa había sido víctima de un letargo solamente y había vuelto en si cuando se encontraba ya sepultada. El general lloró como niño, llamó a varios doctores para que la revisaran y hasta la hizo velar dos noches seguidas con la esperanza de un milagro de resurrección. Todo fue inútil, María del Refugio estaba muerta. Gavira desconsolado le entregó el beso de compromiso y sobre su tumba ordenó que se escribiera un poema como epitafio. El poema dice así: Fue a un tiempo honrada y hermosa, raro en mujer sin fortuna, cual ninguna cariñosa, discreta como ninguna. Nuestras vidas se fundieron de amor al fuego candente, mas las iras atrajeron del que dichas no consciente. Y arrebatar mi tesoro llegóse la muerte impía llevándose a la que adoro. ¡Cuca Mía!

El confesionario que movió diablo

Hoy le traemos una de las más tradicionales leyendas de Durango. Narra la historia que cuando transcurría la primera mitad del siglo XVIII por los años de 1738, la noble y callada ciudad colonial de Durango, capital de la provincia de nueva Vizcaya se entremetió con la noticia de que en el interior del recinto de la Santa Iglesia Catedral, se había presentado un hecho insólito, terrorífico e infernal que crispó los nervios de autoridades civiles y eclesiásticas, así como de la tranquila población de la comarca, al saber que Juan Pérez de Toledo y Mendoza en su arrepentimiento y afán de nulificar el trato que tenía con el diablo, había quedado muerto dentro de la misma catedral.

Juan Pérez de Toledo era un hombre dominado por el vicio y la ambición, rico de nacimiento dilapidó una inmensa fortuna entregado al vino, el juego, las mujeres y toda clase de vicios que puede cargar sobre si un ser humano, lo que lo llevo a la ruina. El hombre, al verse abrumado por la pobreza y el vicio, optó por recurrir al robo y el asesinato para satisfacer sus insanas necesidades y mitigar la falta de recursos que lo acosaba en todas partes.

La justicia lo perseguía, la indigencia y el vicio lo dominaban completamente y en un arranque supremo de desesperación y angustia, tratando de encontrar una solución mágica a sus problemas, recurrió a pedir el auxilio y ayuda al diablo.

En un lugar distante de la ciudad, por el oriente, donde hacían cruz los caminos y cuando la campana mayor de la catedral sonaba las doce de la noche, aquel hombre solo y en la oscuridad llamó tres veces a Satanás, supremo señor de las tinieblas quien envuelto en un torbellino de viento y polvo, llegó con traje totalmente negro, rostro cadavérico donde brillaban un par de ojos rojos que despedían fuego. Después de breve cambios de palabras Juan fue envestido de poderes sobrenaturales para obtener dinero, vino y mujeres en abundancia, con el solo hecho de pedirlos con el pensamiento. El hombre continuó entonces con su desordenado vivir, entre tanto, el tiempo seguía su curso en sucesión inevitable de días y de noches, haciéndolo envejecer hasta el momento en que ya no podía ni con su persona, menos aun con sus vicios y su vida disipada.

Fue en este tiempo y ya presintiendo su muerte, que el arrepentimiento por sus acciones equivocadas empezó a hacerse evidente entonces Juan Pérez sintió la necesidad de romper el compromiso contraído con el diablo y pretendió burlar el pacto realizado con él, penetrando a la catedral y acercándose a un sacerdote para pedirle que le tomara su confesión. Cuando todo estaba dispuesto para llevar el sacramento, arrodillado frente al confesor, repentinamente el pesado confesionario con todo y el clérigo que estaba sentado en el mueble, fue levantado bruscamente, colocando la puerta al lado de la pared y dejando a quien pretendía confesarse en la parte de atrás, por lo que cayó muerto de manera fulminante ante el asombro del confesor que aprisionado dentro del confesionario empezó a gritar pidiendo a Dios perdón y misericordia. Poco tiempo después, el sacristán y demás autoridades del templo rescataron al sacerdote y levantaron al muerto, el cual daba aspecto de haber sido quemado como fulminado por un rayo y despedía un desagradable olor a azufre.

La noticia se extendió en la ciudad como reguero de pólvora y el confesionario aborrecido por todos, fue sentenciado al olvido, permaneciendo por siglos en un pasillo de la sacristía de los padres.

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