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Leyendas de los apellidos

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Leyendas Urbanas
Leyendas Urbanas

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

Esta historia nos la envía Francisco Gallegos Franco, y con mucho gusto la publicamos en esta edición. Las leyendas de los apellidos tienen un encanto muy especial, porque nos dicen

de dónde venimos para saber a dónde vamos y a qué estamos obligados  para no andar “arrastrando la cobija y ensuciando el apellido”.

Los apellidos de la región de Los Altos de Jalisco son “hidalgos” en su mayoría, lo que  quiere decir “hijos de algo” o sea, ganados en hechos de armas, por alguna hazaña o hecho heroico.

Recordemos que son de origen español y que España estuvo casi 800 años en poder de los moros o sarracenos, que la invadieron desde el año 711 y sólo pudieron ser arrojados de territorio español hasta el año 1492, cuando la toma de la ciudad de Granada por los Reyes Católicos. De esta larguísima lucha brotaron miles de hazañas y también miles de apellidos que ostentan en sus escudos de armas los símbolos ganados en esas batallas.

El apellido De la Mora tiene una leyenda especialmente bella: Diego de Portocarrero era un valeroso capitán de los ejércitos de Castilla, que se había cubierto de gloria en innumerables combates contra los moros.

En cierta ocasión las tropas castellanas tenían sitiada una fortaleza musulmana y el joven Diego había hecho prodigios de valor, de manera que sus compañeros de armas decían que andaba buscando la muerte para aliviar la pena de haberse quedado solo, por haber fallecido recientemente su joven esposa con la que había tenido dos hijos.  Las peleas entre sitiados y sitiadores se sucedían día con día alrededor de la fortaleza sin que lograran rendirla.

Cierta tarde en la que el capitán hacía su diaria ronda de vigilancia, pudo ver en lo más alto de la torre del homenaje una joven mora sentada en el alfeizar de una ventana, que le sonreía con dulzura. Prendado de su belleza se prometió a sí mismo que haría hasta lo imposible por hacerla suya. Esa noche,  acompañado por dos de sus amigos  y provistos de cuerdas y garfios de acero, escalaron las murallas poniendo en grave riesgo sus vidas y lograron pasar inadvertidos para los centinelas.

Mientras sus amigos protegidos por las tinieblas de la noche trataban de abrir una puertecilla secreta en la base de las murallas, Diego logró llegar hasta el aposento de la muchacha y se apostó espada en mano junto a la puerta, dispuesto a defenderla con su vida.

En cuanto la luz del amanecer disipó un poco la noche, el ejército castellano penetró  por la abertura oculta en la breña e invadió el castillo pasando a cuchillo a toda la guarnición.

Diego de Portocarrero se mantuvo firme frente al aposento de su dama atravesando con su espada a cuanto sarraceno se cruzó por esos corredores y en cuanto pasó el peligro salió llevándola de la mano y recibiendo las ovaciones de todo el ejército. Pocos días después se efectuó  la boda a la que asistió el Rey y como en los cuentos de hadas, vivieron felices muchos años y tuvieron muchos hijos, a los que la gente conocía como “los de la mora” para distinguirlos de los dos hijos de la española; y queriendo Diego perpetuar aquella hazaña llevada a cabo por amor, cambió desde entonces su apellido, y con el beneplácito del rey se llamó a sí mismo, Diego de la Mora y Portocarrero.

De él fue descendiente el genearca de los De la Mora alteños, capitán Juan de la Mora y Hurtado de Mendoza, que en 1575 fundó la hacienda de Mazatitlán, y desde ahí se han regado por todos los rincones de México y  algunos lugares de los Estados Unidos.

Una de las señales para reconocer los apellidos hidalgos, es que llevan el “de” como de Loza, de la Garza, de la Torre, Etc. o son apellidos compuestos desde su origen, como González de Hermosillo, Gutiérrez de Mendoza o Franco de Paredes.

Esto se llama “hidalguía” o calidad de caballeros, por eso el Lic. Mariano González-Leal calificó a los alteños como “Hidalgos de Huarache”, porque puede suceder que anden por el campo calzando huaraches y picándoles con el chuzo a sus bueyes de labranza, o lavando platos en un restaurante, pero están conscientes de lo elevado de su origen y eso los motiva a actuar con nobleza, estén donde estén, porque “Nobleza Obliga”

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