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Los fantasmas de la plaza

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Los fantasmas de la plaza
Los fantasmas de la plaza

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

Se conocieron en el kiosco de la plaza principal del pueblo y ambos supieron en ese instante que eran el uno para el otro. Él pertenecía a una familia pobre de la ciudad pero ella era adinerada e hija de una familia de alcurnia. En la época en que les tocó vivir, la década del 30 del siglo pasado, su joven edad y la diferencia social que los separaba convirtió su relación en una situación prohibida de antemano.

A pesar de ello, sus encuentros furtivos fueron haciéndose cada vez más frecuentes. Paseaban a la sombra de los árboles y se sentaban en una banca de la plaza donde pasaba menos gente para no llamar la atención, luego caminaban por el lugar rodeando de tanto en tanto el kiosco que los había visto juntos por primera vez.  Con la tranquilidad de las calles y la mirada de quienes los veían pasar, como telón de fondo, fue creciendo una pasión tan prohibida como inevitable y que jamás pudieron disimular.

Poco a poco, a medida que la relación se hacía más evidente, sus encuentros en la plaza fue una mancha incómoda para una sociedad conservadora, encorsetada y llena de prejuicios. En el vecindario corrieron rumores sobre ambos, transformados luego en una serie de chistes maliciosos. Como resultado, los jóvenes sufrieron el escarnio público y una censura violenta por parte de sus padres, inmersos en el corrillo hipócrita de chismes barriales. De un modo trágico y muy melodramático, la familia de la joven prohibió terminantemente que volvieran a verse, intentando generar en la pareja un sentimiento de culpa y una profunda vergüenza que los alejara para siempre.

Un día de primavera los jóvenes volvieron a verse por última vez en el kiosco de la plaza principal, cuando el sol caía y las sombras de los árboles jugaban como fantasmas con las pocas luces diurnas que se negaban a abandonar el lugar. Sabían que el suyo era un vínculo que no podían mantener y antes de perder para siempre la relación que había pasado a constituir el sentido último de sus vidas, decidieron acabar con su existencia. Se suicidaron juntos, detrás de la banca que había acunado sus sueños de convertirse en marido y mujer y allí fueron hallados a la madrugada siguiente.

Han pasado muchos años ya pero la banca aún sigue en pie en esa zona da la plaza y narran los vecinos que al caer la tarde, si uno se acerca lo suficientemente a ella, pueden escucharse los suspiros finales de los jóvenes amantes. Por las noches, algunas veces, la banca aparece extrañamente iluminada y quien pasa por allí tiene la inquietante sensación de que alguien lo observa. Incluso, si uno se anima a mirar con atención e insistencia, dos figuras jóvenes de antaño se recortan tenuemente detrás de la banca, con mirada perdida y suplicante, anhelantes de aprobación para su amor prohibido…

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