Mi querido viejo

Hoy el ruido de la vida se coló insolente, atrevido y desvergonzado por mi ventana. Apenas amanecía… era ese preciso momento en el que los sentidos buscan una razón válida para desperezarse e iniciar la rutina diaria, en una sociedad humana indiferente al sentir de cada quien…

Finaliza septiembre y en este lugar del mundo el otoño comienza a teñir de ocre el paisaje y el alma. Fue, entonces, inevitable pensar en ti con ese agridulce sabor de las cosas que se añoran y ya no se pueden volver a tener jamás… Recuerdos compartidos, enseñanzas simples que han tallado mi existencia con el riguroso cincel de valores profundos, me invadieron en tropel y golpearon fuertemente mi espíritu con una inusual mezcla de dolor y gozo, alegría y tristeza, llanto y risa que, aunque antagónicos, solo pueden combinarse formidablemente al evocar tu figura.

Como me gustaría abrazarte, en este instante, de la misma forma conciliadora que lo hicimos tantas veces al recordar un episodio tan simple como jocoso, que se fue convirtiendo en una excusa para reafirmar el vínculo indeleble que nos unía…

Fue un domingo, fútbol, clásico, yo tenía apenas 14 años y jugaba de delantero centro en el equipo de mis amores… Irían unos veinte minutos y el encuentro era parejo. Desde nuestra defensa hubo un rechazo largo y yo corrí a buscar la pelota dominándola cerca del área y, ante la salida del portero, le pegué a ras del piso dejándolo sin chance y anotando el ansiado gol.

Con una alegría exultante corrí hasta mi padre que estaba viendo el partido detrás del arco y le dediqué el gol diciéndole: “¡Este es para ti viejo!”. Inmediatamente giré y fui a la mitad de la cancha a esperar la reanudación del encuentro entre los abrazos de mis compañeros.

Cuando llegué allí y aún estaba con las pulsaciones a mil, busqué a mi padre con la mirada para ver su reacción pero el ya no estaba ahí. Escudriñé rápidamente a lo largo de la tribuna y apenas lo divisé yéndose del estadio. Como el juego reclamaba mi atención me olvidé al instante de lo que pasaba y seguí disfrutando de una de mis grandes pasiones de la vida: jugar fútbol.

Luego del partido volví a casa y, al entrar a la sala, lo vi con gesto adusto. Ni se molestó en mirarme… evidentemente estaba enojado y yo no sabía porque… Entonces le dije: “¿qué pasó? ¿Por qué no te quedaste a ver todo el partido?” Y él tan solo me respondió: “Porqué estás de vivo, te viniste a burlar de mi al hacer el gol, porque te estaba gritando que jugaras en los últimos 25 metros de la cancha, que allí está tu fuerte”. Le dije de inmediato: “no ¡ni te escuchaba! solo fui a dedicártelo ¡de corazón!”… pero él simplemente no lo creyó y seguimos así buena parte del día. Solo después de mucho insistirle y de prometerle que era verdad lo que decía fue aflojando su enfado y al final me dio un largo y sentido abrazo. “¡Perdóname, no entendí!”, me dijo y yo solo le respondí: “¡Perdóname tu por no haberme explicado bien!”

Y así fue como una situación simple, un desentendido común, un desencuentro ocasional, se transformó en una anécdota especial que comentábamos cada tanto entre risas y terminábamos siempre repitiendo el simbólico abrazo, para refrendar el mayor de los afectos…

Así te recuerdo hoy y siempre (la excusa perfecta para este escrito quizás sea la fecha de tu cumpleaños) mi querido Wilkins ‘Pecos Bill’ Machado. Ojalá mi abrazo incorpóreo, espiritual y escrito llegue justamente allí a donde estés y sea tan fuerte y sentido como los que nos prodigamos siempre…

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