Miénteme que me gusta

El mundo interior de muchas personas parece girar al revés, piden, reclaman y exigen que se les diga la verdad pero ellos, de cada 10 palabras que dicen… ¡12 son mentira! Lo peor, lo más triste, es que muchas veces el entorno de los mentirosos se vuelve complaciente con ellos y les permiten continuar el juego (vaya a saber si es justamente porque prefieren no saber la verdad), estimulándolos subliminalmente a que sigan diciendo mentiras a todo aquel que se les cruza en el camino, pensando que todos van a creerle de la misma forma.

Al final, como una mentira siempre debe de ser sostenida con otra mentira, estas personas tienen una distorsión mental tan grande, que el embuste y la patraña son su forma natural de vida. Claro, cada dos por tres quedan en evidencia porque ya son tantos los engaños que le dicen a la gente que ni recuerdan que le expresaron a quien, por lo que tontamente caen en contradicciones que tratan de arreglar con un: “No, yo no te dije eso” y ahí empiezan de nuevo, acomodando el cuerpo como más les convenga.

Es como la historia del maestro que corría tras la fama acumulando más y más discípulos a su alrededor. Fue así que cierto día reunió bajo una carpa a varios cientos de discípulos y seguidores. Se paró ante ellos, impostó la voz y dijo: “Amados míos, escuchen la voz del que sabe”.

Inmediatamente se hizo un gran silencio en el lugar y el maestro prosiguió diciendo: “Yo les digo, nunca deben relacionarse con la mujer de otro, nunca. Tampoco deben de beber alcohol, ni alimentarse de carne”.

Fue entonces cuando uno de los asistentes se atrevió a preguntar: “El otro día, ¿no eras tú el que estabas abrazado a la esposa de Jai?” “Sí, era yo”, respondió el maestro.

Aún no se había apagado el murmullo de los presentes cuando otra persona inquirió al hombre: “¿No te vi yo a ti el otro anochecer bebiendo en la taberna?” “si, si, ese era yo”, contestó tranquilamente el maestro.

Todavía la gente se reponía del estupor de las respuestas cuando un tercer hombre interrogó al maestro: “perdón, pero… ¿no eras tú el que el otro día comía carne en el mercado?

“Efectivamente, ese era yo”, afirmó sin pestañar el maestro. En ese momento todos los asistentes se sintieron indignados, no aguantaron más y comenzaron a protestar diciendo, “entonces, ¿por qué nos pides a nosotros que no hagamos lo que tú haces?” A lo que el hombre respondió: “Porque yo enseño, pero no practico”…

En mi pueblo, cuando alguien falseaba la verdad o agrandaba de mas una historia, le decían: “miénteme que me gusta” (con un dejo de desdén), en clara alusión de que habían descubierto el embuste y no creían lo que se les estaba diciendo. Por eso, si no te gusta que te mientan piensa que tú debes dar el ejemplo y decir siempre la verdad, ya que la incomodidad que provoca el sentirnos defraudados es una experiencia que nunca deseamos volver a vivir y, a veces, nos impide volver a confiar en las demás personas. Recuerda siempre que aquel que es rey de la mentira es, en realidad, dueño de nada…

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