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Misterios mitos y leyendas de África
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Misterios mitos y leyendas de África

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La piel del cocodrilo. La primera de las leyendas proviene de Namibia y cuenta que en el principio de los tiempos el cocodrilo tenía la piel tersa y dorada como el oro. Su hábito era pasarse todo el día debajo del agua, en las zonas más embarradas de los ríos y sólo salía de allí durante la noche, cuando la luna se reflejaba en su brillante y lisa piel. El resto de los animales iban a esas horas a beber agua y se quedaban admirados contemplando la hermosa piel dorada del cocodrilo.

El cocodrilo, orgulloso de la admiración que causaba su piel, empezó a salir del agua también durante el día para presumir un poco más de ella. Entonces, los demás animales, no sólo iban por la noche a beber agua, sino que se acercaban también cuando brillaba el sol para contemplar la piel bruñida del cocodrilo.

Pero sucedió que el sol implacable no perdonó el ego del cocodrilo y, poco a poco, fue secando el barro que traía en su lomo desde las profundidades del río, escamando su piel y arrugándola feamente. Así fue hasta que llegó el día que ya no hubo solución y la piel le quedó definitivamente como la tiene en la actualidad: escamosa, dura y seca. Los animales entonces dejaron de admirarlo y ya no volvieron a beber agua durante el día. Entonces el cocodrilo, que antes se sentía tan orgulloso de su piel dorada, nunca se recuperó de la vergüenza y la humillación que sintió y, desde entonces, cuando otros se acercan a donde él esta, corre y se sumerge rápidamente en el agua, dejando solo sus ojos y sus orificios nasales sobre la superficie del agua para que nadie lo vea.

La leyenda de Eshu. Cuenta esta historia que Eshu le dijo al Gran Dios que unos ladrones planeaban robar las plantas de su huerto. Una noche se coló en casa del Gran Dios, se puso sus sandalias, fue al huerto y se llevó todas las plantas. Como había llovido el día anterior las pisadas se distinguían claramente. Por la mañana Eshu denunció el robo y dijo que resultaría fácil descubrir al ladrón por las huellas. El pueblo entero acudió a casa del rey, pero ningún pie coincidía con aquellas enormes pisadas. Eshu sugirió entonces que, tal vez, el que hubiera cogido las plantas sería el propio Gran Dios mientras dormía, pero la deidad lo negó. Sin embargo, como sus pies encajaban  con las huellas, acusó a Eshu de haberle engañado y, a modo de castigo, anunció su inmediata retirada del mundo y le ordenó a Eshu que subiera al cielo todas las noches para que le contase lo que había sucedido abajo durante el día. Y así fue como Eshu se convirtió en mensajero entre los seres humanos y el Gran Dios.

Eshu en otra ocasión convenció al sol y a la luna para que intercambiaran sus casas, trastocando de esa manera el orden de las cosas y, por lo tanto, mejor no provocar su ira, porque lo puede volver a hacer nuevamente en cualquier momento.

También, en cierta ocasión, Eshu se interpuso entre dos granjeros que habían sido amigos de toda la vida. Los hombres cultivaban tierras adyacentes y tenían una amistad tan estrecha que siempre se les veía juntos e, incluso, vestían con ropas parecidas. En cierta ocasión Eshu recorrió el sendero que dividía sus tierras con un sombrero blanco por un lado y negro por el otro, se colocó la pipa en la nuca y se colgó el bastón de un hombro de modo que le bajara por la espalda. Cuando Eshu hubo pasado, los amigos se pusieron a discutir sobre la dirección que había tomado el desconocido y sobre el color de su sombrero. Se acaloraron tanto que la disputa llegó a oídos del rey que llamó a los dos hombres. Mientras se acusaban mutuamente de haber mentido, apareció Eshu y le dijo al rey que ninguno mentía pero que los dos eran tontos. Al confesar su truco el rey se enfureció tanto que envió a sus hombres contra él, pero Eshu los burló. En la huida, prendió fuego a varias casas y cuando sus ocupantes huyeron con sus pertenencias se ofreció a guardarlas, pero lo que hizo en realidad fue dar un bulto a cada persona que pasaba por allí, de modo que los objetos de las víctimas del incendio se desperdigaron por todas partes…

Aido-Hwedo. En la mitología de algunos pueblos de África se cuenta qué, en los primeros tiempos de la creación, el dios Mawu contaba con la ayuda de Aido-Hwedo, la gran serpiente cósmica. El creador utilizaba a Aido-Hwedo como transporte mientras realizaba la construcción del mundo. Una vez que hubo terminado, Mawu pensó que había recargado excesivamente el mundo, poniendo demasiadas cosas encima. Los árboles, las montañas, los animales y demás pesaban mucho, impidiendo al creador que pudiese transportar su obra, así que pidió a Aido-Hwedo que le ayudase en esta tarea y la serpiente cósmica aceptó. El único problema era que la gran serpiente no soportaba bien el calor de las profundidades, así que Mawu creó los mares y océanos para que Aido-Hwedo pudiese vivir en ellos.

Debido al gran peso del mundo, la serpiente debía cambiar a menudo de posición para poder descansar y es en cada uno de estos cambios de postura cuando suceden los terremotos. También debe alimentarse, para lo cual tiene una legión de monos rojos que forjan grandes barras de hierro, comida favorita de Aido-Hwedo. Pero también dice la leyenda que, el día que se agoten las reservas de hierro, la gran serpiente cósmica se devorará a sí misma, provocando que toda la tierra se precipite en el mar.

 

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