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Misterios Mitos y Leyendas de Bolivia

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El señor de la columna. A una cuadra y un poco más del templo de Santo Domingo vivía la familia del señor Landavere y Villaverde. Este caballero era tenido como el más blando, discreto y católico padre de familia. Y en efecto, todos sus actos se traducían en generosas acciones de misericordia. Su casa estaba abierta tanto para los desvalidos como para aquellos que buscaban un sedante para las asperezas cotidianas.

Corría el año 1802 y, durante un lunes santo a la hora del almuerzo, la sirvienta le anunció al hombre la visita de un caballero de aspecto pobre y bondadoso, que pedía le dieran de comer, porque se hallaba exhausto de recursos. El dueño de la casa, con su peculiar desprendimiento, hizo entrar al visitante y haciéndole sentar a la mesa familiar compartió con él de su confortable almuerzo.

Al mismo momento que esto ocurría en casa de los Landavere y Villaverde, uno de los sacristanes del templo de Santo Domingo, prorrumpió en exclamaciones de sorpresa, al comprobar que la imagen del “Señor de la Columna”, había desaparecido de su altar.

El pobre hombre no atinaba a salir de su aprieto. Buscaba por todas partes, desesperado. Era imposible que la robaran porque el tamaño de la imagen era exactamente como el de una persona. Salió una y otra vez a la calle, vociferando y pidiendo auxilio. Los sacerdotes de la Orden de Santo Domingo, igualmente sorprendidos, enviaron emisarios por todas partes, empero sin resultado favorable. Cuando la gente se arremolinaba en las puertas del Templo, inquiriendo detalles sobre tan raro acontecimiento, un hombre de aspecto venerable, cruzó inadvertidamente, por medio del tumulto y penetró en la iglesia.

Informado del hecho, el señor Landavere también acudió al lugar del suceso. Su asombro no tuvo límites, al comprobar delante de los circundantes que aquella imagen no sólo estaba de nuevo en su lugar sino que quien le había visitado aquella mañana a la hora de almuerzo no era otro que el “Señor de la Columna”. Absortos los testigos ante el milagro, levantaron acta, bendiciendo una y mil veces a aquella Santa Imagen.

La Viudita. Hay jóvenes que al pasar los veinte años se sienten dueños del mundo y de nada les sirven los consejos. Es así que mientras el cuerpo aguanta le dan como si fuera ajeno. Un muchacho llamado Victorino Suárez era gran amigo de la juerga, de la fortuna y de las mujeres.

Cierta noche, después de haber bebido mucho hasta la madrugada y luego de despedirse de sus amigos, muy alegre se dirigió a su casa por las calles desiertas de esas horas alumbradas sólo de trecho en trecho por las últimas velas de los faroles públicos cuando de improviso se le presentó una mujer toda vestida de negro.

En la casi completa oscuridad se podía vislumbrar las formas femeninas de la mujer, formas que despertaron el machismo de Victorino, quien se dirigió a la presencia de la aparecida saludándola y dignándose acompañarla a su casa. Pero la mujer permanecía callada hecho que motivó al hombre atreverse a abrazarla, pero ni bien hubo realizado el intento, sintió que este cuerpo femenino emitía sonidos como chalas de maíz aplastados. Tal fue la reacción del hombre que salió corriendo como alma que lleva el diablo. Sin saber cómo llegó a su casa y, en ese mismo instante, le vino una profusa hemorragia nasal y fuertes escalofríos.

Nadie quiso creerle lo que vio y sintió, pero desde ese día Victorino no volvió a salir de parranda y si alguna vez se desvelaba, buscaba quien lo acompañase hasta la puerta de su casa, que era dos cuadras antes de llegar a San Francisco.

Cuenta el pueblo que la viudita se presenta a altas horas de la noche especialmente en proximidades de los templos que tienen galerías oscuras. También en las calles solitarias y sin luz. Este personaje de leyenda de la vida colonial de Santa Cruz de la Sierra, hoy está poco menos que olvidado. La viudita era un fantasma femenino, nadie le podía tocar sin recibir la impresión helada de la muerte. Vagaba con la luna y tenía lo inconfeso de los amores frustrados…

Puente de Melgarejo. La alegría reinaba en la fiesta, era el matrimonio de su mejor amigo y era su deber acompañarle y desearle las congratulaciones consabidas. Junto a un grupo de amigos, Remberto departía amigablemente al calor de la bebida, recordando los años cuando niños solían deambular por todas las campiñas de Tarata, buscando sabrosas frutas frescas que colgaban de las huertas de toda la región.

De pronto la conversación se centró en el famoso puente de Melgarejo construido sobre el río Pilimayu junto a un centenario árbol de ceibo, donde el ex-presidente solía bailar y tomar la deliciosa chicha junto a sus amigos y las cholitas, festejando sus triunfos.

“Dicen que a altas horas de la noche, el General aún festeja en ese lugar sus triunfos”, comentó uno de ellos… “Es verdad, dicen que a don Jacinto se le había aparecido Melgarejo en persona que estaba junto a una hermosa cholita”, añadió otro.

“Todo es mentira”, dijo Remberto, “cómo es posible en tiempos como estos aún se tenga esa creencia en apariciones”, agregó cortando la conversación para continuar bebiendo.

Transcurría la madrugada y Remberto, aún entre copas, decidió volver a su vivienda. Se levantó de la silla, donde había estado dormitando bastante tiempo, levantó su sacón y salió.

Era una fría y oscura noche, un silencio sepulcral presentaban los callejones serpenteantes que se perdían en el silencio de la noche de Tarata. Con paso lento, pero seguro, avanzaba el hombre, en tanto se escuchaba el canto lejano de un gallo, anunciando el amanecer.

La luna alumbraba tenuemente el ambiente, que era suficiente para que él se pudiera orientar hasta llegar al famoso puente de Melgarejo. Cuando se disponía a cruzarlo, sintió que algo se le enredaba en los pies. Se inclinó para ver y descubrió que un ovillo de lana se le había envuelto por todo su alrededor. Un poco molesto por este imponderable, intentó desenredarse y en eso sintió la presencia de una persona.

Al levantar la vista… estaba ahí, junto al ceibo, una hermosa chola de grandes ojos y labios seductores, envuelta en un manto negro. Junto a ella sentado a los pies del árbol con su capa y espada toledana y sombrero alón de alta ancha estaba el General Melgarejo.

Remberto no pudo dar crédito a lo que sus ojos estaban mirando, restregó los mismos y al volverlos a abrir, la imagen de la aparición continuaba allí. Fue tan grande la impresión que sus piernas flaquearon y no le respondían, es decir, quedaron paralizadas mientras la imagen se fue disipando y todo quedó tal como antes, en silencio.

El hombre retornó a su vivienda y no pudo conciliar el sueño, la imagen en su mente se repitió en forma constante y sabia que, si lo contaba, nadie le creería lo que vio.

Muchas personas atestiguan y testimonian, con sus propios ojos que han visto la imagen de Melgarejo algunas veces sentado al pie del ceibo o en otras montado en su caballo blanco y junto a él una chola muy hermosa. De ahí que, nadie pasa por ese lugar a determinada hora de la noche, por temor a encontrarse con la chola o Melgarejo…

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