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Misterios Mitos y Leyendas de Panamá
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Misterios Mitos y Leyendas de Panamá

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El Corotú llorón- Esta primera leyenda narra que en el llano de la Mitra, en las proximidades de La Chorrera, existía un enorme y frondoso árbol de Corotú. Muy cerca de él vivía un campesino que era padre de una muchacha llamada Isabel. La joven era muy bonita y la pretendían todos los jóvenes de la región. Sin embargo el padre, que era muy estricto y severo, jamás aceptó un cortejo para su hija y creía que ninguno de los jóvenes era merecedor del amor de Isabel. Para evitar que su hija fuera a caer rendida a los pies de algún hombre, el campesino encerró a la joven y no le permitió si siquiera asomarse a la puerta de la casa.

Sin embrago, Isabel conoció a un hombre de quien se enamoró perdidamente. La vigilancia del padre fue burlada reiteradamente y llegó el día en que Isabel ya no pudo ocultar más la relación que tenía. Indignado el padre, tomó a su hija y sin hacer caso de sus lamentaciones y sus súplicas, la ató desnuda al tronco del corotú y, con un látigo de cuero, la maltrató sin descanso hasta convertirla en una masa sangrienta.

Allí a los pies del árbol quedó Isabel falta de aliento y vida y sin cristiana sepultura, hasta que el sol y el aire deshicieron su cuerpo hermoso y gentil.

Desde entonces se dice que, a ciertas horas de la noche, sale del tronco del corotú, el llanto triste y lastimero de una criatura. Son los sollozos del niño que Isabel llevaba en su vientre y que desde las profundidades del limbo en donde vaga su alma, se lamenta por no poder jamás subir hasta el cielo.

La Silampa- La Segunda leyenda nos cuenta que, cierta noche que había llovido de manera torrencial y luego el campo se había cubierto por una densa niebla, dos campesinos regresaban del trabajo caminando lentamente, platicando acerca de la jornada de trabajo y la próxima zafra que ya se avecinaba.

Los dos granjeros estaban preocupados porque se les había hecho tarde, ya que les habían advertido varias veces sobre los riesgos de la noche en el ejido, de las criaturas infernales que acechaban, de los aullidos de los demonios y los gritos de las brujas. Les dijeron también que unos perros muy negros y de ojos encendidos acechaban en las tinieblas. Y, por si todo esto fuera poco, conocían la terrible historia de la aparición de la Silampa, una blanca deformación que aprisionaba a los caminantes descuidados a los que les chupaba sangre, carne y huesos.

Ambos caminaban pendientes de todo ruido y movimiento, hasta que escucharon un sonido fuerte que provenía de la espesura.  “Jesús Sacramentao” dijo uno de los granjeros. “Eso me pareció el ronquido del mismísimo diablo. No hicimos caso y ahora la noche se nos viene encima con toda su maldad”, añadió muy preocupado.

Sin embargo su compañero se rió con ganas de él y le dijo con estridencia y desdén: “Si tienes miedo corre. A mi nada ni nadie me asusta y, para protegerme de todo mal, traigo a este amigo conmigo”, y  mostró con orgullo un largo cuchillo de hoja brillante.

Él otro campesino no dijo nada. Un profundo silencio se hizo entre los dos y ya doblaban el último recodo del camino antes de divisar el caserío donde vivían, cuando una forma resplandeciente, parecida a una manta se levantó ante ellos.

El más temeroso de los dos corrió despavorido, saltando sobre matorrales y peñascos y como había llovido, sus pies se enterraban en el lodo, pero un feroz ímpetu y un terror aún mayor, le impulsaba con mayor velocidad.

Quien portaba el cuchillo se había quedado aturdido, mirando la niebla, cortada por la sábana blanca que sobrevolaba sobre el terreno y que terminó por cubrirlo sin que pudiera articular una sola palabra, paralizado como estaba por el pánico.

Cuando el otro campesino llegó al poblado dijo haber visto a la Silampa sobre el camino, con su color lechoso y su movimiento ondulante. Dijo no saber nada de su amigo porque corrió como el viento para escapar del demonio aparecido de pronto en el sendero.

Según se dijo en el lugar, el hombre del cuchillo desapareció sin dejar rastro. Tan solo se encontró el filoso objeto al pie de un árbol de mango.

Claro que no faltó quien dijera que el desaparecido había sido asesinado por su colega en una pelea, pero nunca se pudo comprobar nada, porque el cuerpo del hombre nunca fue encontrado. Entonces la gente terminó por creer que la Silampa cubrió el cuerpo de su víctima y le succionó la sangre, la carne y los huesos hasta hacerlo desaparecer por completo…

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