Necesito un abrazo…

Tab Machado

Tab Machado

En esta semana de Acción de Gracias quiero tomarme un instante para agradecer a todos su apoyo y su amistad. La velocidad embriagadora con que nos lleva este mundo hacia adelante y la necesidad de ser protagonistas exclusivos y exitosos de nuestra propia vida,  son detonantes fuertes para que nos olvidemos fácil y frecuentemente de uno de los mandamientos más simples, sencillos y unificadores que se hayan podido enunciar jamás: “Ámense unos a otros como yo los he amado”… Si realmente tomáramos el tiempo para entender a los demás, ser pacientes, amables y tratar al prójimo como nos gustaría que nos trataran a nosotros mismos… el mundo sería simplemente una maravilla… ¿Por qué no podemos cumplir con tan sencilla propuesta? ¿Qué nos impide tratar a los demás como nos gusta que nos traten a nosotros? ¿Qué es lo que estamos haciendo con la humanidad?

Les cuento una conmovedora historia real para que reflexionemos sobre la importancia de cumplir con el sencillo y poderoso mensaje de amar al prójimo como a ti mismo y la diferencia que eso puede hacer en los demás…

Pedro manejaba un taxi en el turno nocturno. Aquel era como un confesionario móvil, los pasajeros subían y le contaban su vida. Algunos lo adulaban, otros le hacían reír y también lo deprimían, pero siempre tenía tiempo para ser amable y escuchar…  Una noche Pedro respondió una llamada y pensó que, como siempre, recogería personas saliendo de una fiesta, alguien que había tenido una pelea con su amante o un trabajador que tenía que llegar temprano a la fábrica. Cuando llegó a las 2:30 a.m., el edificio estaba oscuro excepto por una luz en la ventana del primer piso.

Muchos conductores sólo llaman una o dos veces, esperan un momento y después se van. Aunque la situación se veía peligrosa, Pedro siempre iba hacia la puerta y esa noche sintió en su corazón que este pasajero necesitaría ayuda. Caminó hacia la puerta y al golpear una frágil voz respondió. Pedro pudo escuchar que algo era arrastrado a través del piso, después de una pausa, la puerta se abrió. Una pequeña mujer de unos ochenta años se paró frente a él, a su lado había una pequeña maleta.

El departamento se veía como si nadie hubiera vivido durante años, los muebles estaban cubiertos, no había relojes, ni cuadros en las paredes. La mujer le agradeció por su gentileza de subir a buscarla…

“No es nada”, dijo Pedro, “Sólo intento tratar a mis pasajeros de la forma que me gustaría que mi madre fuera tratada”, agregó. “Estoy segura de que es un buen hijo”, dijo ella.

Cuando llegaron al taxi la señora dio una dirección y preguntó: “¿Podría manejar a través del centro?” “Ese camino no es el más corto”, respondió Pedro. “No importa”, dijo ella “No tengo prisa, voy al asilo”.

El taxista miró por el espejo y vio que por los ojos de la anciana rodaban algunas lágrimas… “No tengo familia”, dijo “y el doctor dice que no me queda mucho tiempo” Sin pensarlo Pedro apagó el contador que marcaba el costo del viaje y preguntó: “¿Qué ruta le gustaría seguir?”…

Por las siguientes dos horas manejó a través de la ciudad y ella le enseñó el edificio donde había trabajado y el vecindario donde habían vivido con su esposo… Luego pidió que se detuvieran frente a un negocio de muebles donde una vez hubo un salón de baile al que ella iba a bailar cuando era adolescente. Algunas veces pedía que pasara lentamente frente a un edificio en particular o una esquina y miraba en la oscuridad sin decir nada. Con el primer rayo de sol apareciendo en el horizonte, repentinamente dijo: “Estoy cansada, llegó el momento de irnos”…

Pedro manejó en silencio hacia la dirección que ella había dado, era una pequeña casa, dos asistentes fueron hacia el taxi tan pronto llegaron. Eran amables y cuidaban cada uno de sus movimientos.  Pedro abrió la puerta y suavemente la sentaron en una silla de ruedas. “¿Cuánto le debo?” preguntó ella buscando en su bolso. “Nada”, dijo el taxista… “Es tu trabajo, debes cobrarme”, respondió ella… “Habrá otros pasajeros”… respondió Pedro que, casi sin pensarlo, sintió un gran deseo de abrazarla. Ella lo sostuvo con fuerza y dijo: “Necesito un abrazo”… Pedro cumplió con el deseo y se despidió sintiendo que nunca más la vería. La puerta se cerró y fue como el sonido de una vida concluida.

El taxista no recogió a ningún pasajero y manejo sin rumbo por el resto del día. No podía hablar, los grandes momentos son los que nos atrapan desprevenidos, aunque para otros son sólo pequeños.

Esta historia nos demuestra que tal vez la gente no recuerde exactamente lo que tú hiciste o lo que tú dijiste… pero siempre recordarán cómo los hiciste sentir. Por eso ten en cuenta y cumple con el mandamiento de amar al prójimo como a ti mismo, ya que nunca sabes quién puede estar necesitando un abrazo…

Leave a Comment