No culpes a los demás por tus propios errores…

Mientras me abstraigo completamente de todo para escribir esta columna el mundo discurre al otro lado de mi ventana con un vaivén frenético y delirante… Es que el hombre le ha puesto el acelerador a fondo a la vida y cree que debe de consumir sus ansias en el menor tiempo posible. Es tanto el afán, la ambición y la codicia por conquistar el poder, que no hay tiempo para mirar a los costados y compartir con nuestros semejantes… Los valores han mermado considerablemente y, como dice el tango “Cambalache”: “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor, no hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado”…

Este tango es, por sí mismo, bastante gráfico ya que parece que las reservas morales y espirituales en el mundo de hoy no importan mucho y, lamentablemente, todo se ha igualado, los valores cada vez valen menos y se han mezclado de una manera alarmante.

Para colmo de males el ser humano no admite sus errores y, cuando comete algún yerro, le achaca el mismo a la primera persona que se cruza en su camino.

Es como el cuento del hombre que empezó a sospechar que su esposa se estaba quedando sorda y un día decidió comprobarlo. Entró en silencio en la sala, sin que ella lo viera y se escondió.  Ella estaba plácidamente sentada en un sillón pegando unos botones a una camisa. “¡Anita!, dijo el hombre… ¿puedes oírme?”

No hubo respuesta, entonces el hombre, avanzó hasta quedarse a escasos metros de ella y volvió a repetir, aunque esta vez mas fuerte: “¡Anita!, ¿puedes oírme?” Tampoco ahora hubo respuesta.

El hombre se acercó todavía más a ella y volvió a preguntar una vez más, esta vez gritando muy fuerte: “¡Y ahora Anita!, ¿puedes oírme?”

“Sí, querido”, respondió Anita amablemente, no entiendo por qué me lo preguntas tantas veces, si te he dicho ya tres veces que sí”…

Es tan grande la egolatría del ser humano que es más cómodo proyectar en los demás nuestros propios errores, fallos y defectos que ver nuestras limitaciones y equivocaciones. Es que los prejuicios y miedos son tan grandes que no nos dejan ver a las personas como son en realidad, sino que las vemos como somos nosotros. Si somos mezquinos y pequeños pensamos que todos los demás también lo son y esperamos que actúen como actuaríamos nosotros sin darnos cuenta de que, con gran frecuencia, excusamos nuestro actuar en la supuesta actuación de los demás.

Recuerden que los valores morales y espirituales son la verdadera columna vertebral de una sociedad sana y que esa base se construye con nuestros valores indidivudales, con nuestros valores familiares e, incluso, con los valores regionales y nacionales. Pero es importante reafirmar el concepto de que todo comienza con la persona, con el individuo y sus propios valores…

De allí parte todo y solamente podemos esperar un cambio real en nuestras sociedades si con seriedad nos preguntamos ¿Cómo andan mis propios valores? ¿Soy confiable? ¿Soy leal? ¿Soy generoso? Pero no solo eso, también debemos cuestionarnos cómo es que afectamos a los demás cuando no vivimos con valores…

Como siempre les digo: el poder de cambiar está en nosotros mismos… si todos tuviéramos la buena voluntad de mejorar nuestro mundo interior, el exterior seguramente quedaría mas que agradecido…

 

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