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No es una utopía…

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Vivir en un mundo feliz deja de ser una utopía  cada vez que veo a niños jugando juntos, sin que les importe la raza, el color de la piel, condición social y comunidades a las que pertenecen. Lástima que no pueda decir lo mismo cuando veo a los adultos que hacen todo lo contrario y cada día ponen más límites, que discriminan a sus semejantes justamente según el color de la piel o condición social, que ejercen el poder para imponerse ante los más débiles y que creen que la felicidad se reduce a acaparar todo lo que más se pueda en forma individual, sin entender que el verdadero propósito de la vida es mucho más simple, sencillo y generoso: respetar al semejante, ayudarlo, ser solidario e ir, toda la humanidad, tras un objetivo común.

Las columnas de la luz son la frontera de dos paises donde vive un solo pueblo y un mundo feliz
Las columnas de la luz son la frontera de dos paises donde vive un solo pueblo y un mundo feliz

Al llegar acá una pregunta surge inevitable, ¿Es que los niños tienen el poder y la sabiduría que a los adultos les falta?

Creo firmemente que mientras existan límites físicos y espirituales entre los seres humanos y que el individualismo prevalezca netamente sobre el bien común, cada día estaremos más lejos del propósito para el cual hemos sido creados. Claro que este tipo de reflexiones son utópicas si no demostramos, con hechos, que las palabras que decimos son posibles de ejecutar. Allí es donde nace la controversia, porque de que vale pregonar un mundo diferente, si no hay ninguna comprobación de que esto se pueda lograr.

Siempre me dijeron que no hay que buscar afuera de uno lo que existe en el corazón y vaya si es verdad, porque cuando me di a la tarea de buscar un ejemplo que demostrara que sí se puede vivir feliz en un mundo sin fronteras, sin odio racial, sin importar la condición social de los semejantes y sin ejercer el predominio de los fuertes sobre los débiles, encontré en mi corazón lo que no pude encontrar en ningún libro de texto, ni pagina web. El ejemplo lo tenía en mí porque, afortunadamente, hace muchos años atrás, más de 20, tuve el gran privilegio de vivir en un mundo feliz.

La población en que nací no superaba, en aquel entonces, los cinco mil habitantes y estaba enclavada en la frontera de dos naciones. Lo curioso es que allí los límites o la línea “divisoria” entre ambos países, no separaba sino que unía. No había arroyos, ríos o bardas que impidieran el tránsito u obstruyeran el paso, sino que las columnas del alumbrado en medio de una calle era una línea que simplemente marcaba el término de un país y el comienzo del otro… ¿Increíble verdad? Casi que de fabula o cuento de hadas, sin embargo es verdad…

Las dos poblaciones tenían el mismo nombre a cada lado de la frontera por lo que sentíamos el raro privilegio de pertenecer a los dos países. No teníamos que presentar ningún documento para pasar de un país a otro, porque solo teníamos que cruzar una calle, así que un rato estábamos en un país y otro rato en el otro, sin violar ninguna norma internacional y sintiendo que el mayor respeto era precisamente la libertad de saber que estábamos en un lugar especial y único…

Había allí más de seis tipo de culturas diferentes conviviendo, se hablaban más de cinco idiomas distintos, que se entremezclaban constantemente y, a pesar de esa heterogeneidad aparente, éramos el pueblo más homogéneo, unido y armonizado que seguramente veré en la vida.

En los 17 años que viví allí nunca presencié un robo y jamás vi un acto de discriminación a un semejante por la raza, el credo, color o condición social… No sé cómo estará hoy, me dicen amigos de la infancia que ya no es lo mismo, pero en aquel momento les confieso que ese pueblo era un mundo feliz, el mismo que podríamos vivir en cualquier punto del orbe si se terminara el individualismo, el egoísmo y la ambición…

Por eso te hago un homenaje hoy pueblo mío a la distancia ya que me enseñaste, entre otras cosas, que vivir en un mundo feliz no es una utopía sino una hermosa realidad…

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