No hay peor ciego que el que no quiere ver

Cuando el ego (o la vanagloria exaltada) logra rebasar los límites que impone la cruda, rigurosa y fría realidad, entonces pasamos a tener un grave problema, porque comenzamos a ver nuestro entorno con luces de colores que solo nosotros vemos y, consecuentemente, a vivir en una realidad paralela que únicamente nosotros apreciamos.

Por eso, créame, no hay nada peor que dejarnos gobernar por el autoritario, déspota y despiadado YO, dado que nos pone siempre en la punta superior de la pirámide y nos hace creer que somos únicos e infalibles. Eso no deja mucho margen para escuchar, para compartir, para corregir errores y para contar con la aceptación de los demás…

Cuenta una historia que un estudiante hacía ya tres años que vivía con sus maestros dado que quería convertirse en un monje ejemplar. Todos los días le preguntaba a su maestro cuando se realizaría la ceremonia de su ordenación. “Todavía no estás preparado, primero debes trabajar la humildad y dominar tu ego”, le respondía su instructor.

¿Ego? El joven no entendía por qué el maestro se refería a su ego. Pensaba que merecía ascender en su camino espiritual, ya que meditaba sin descanso y leía a diario las enseñanzas.

Cierto día, el maestro se propuso demostrarle a su discípulo que todavía no estaba preparado para su ordenación. Antes de dar comienzo a la sesión de meditación anunció: “Quién medite mejor tendrá como premio un helado”.

Tras una breve algarabía todos los estudiantes comenzaron a meditar. El joven se propuso, entonces, ser el que mejor meditara de todos sus compañeros. “De esta forma, le demostraré al maestro que estoy preparado para la ordenación y, además, me comeré el helado”, pensó el discípulo. Entonces se centró en su respiración pero, al mismo tiempo, visualizaba un gran helado que iba y venía como si estuviera en un columpio. “¡No puede ser! tengo que dejar de pensar en el helado u otro lo ganará”, se repetía.

Con mucho esfuerzo, el joven lograba de a ratos meditar profundamente pero enseguida se imaginaba el helado que lo estaba esperando. “¡Ese helado debe de ser mío!”, pensaba el joven angustiado.

Cuando la sesión finalizó, el maestro explicó que todos lo habían hecho bien, salvo aquel que había pensado demasiado en el helado, es decir, en el futuro. El joven, dándose por aludido, le dijo entonces al viejo sabio:” Maestro, yo pensé en el helado. Lo admito. ¿Pero cómo puede saber que fui yo quien pensó demasiado?”

Entonces el anciano le respondió: “No puedo saberlo. Pero sí puedo ver que te has sentido tan aludido como para levantarte e intentar situarte por encima de tus compañeros. Así es como actúa el ego: se siente atacado, cuestionado, ofendido y pretende tener razón en el juego de ser siempre superior a los demás”.

Aquel día el joven aprendió que todavía le quedaba mucho camino por recorrer. A partir de ahí trabajó duramente para superar los impulsos del ego. Vivió el presente y no intentó quedar por encima de los demás.

Así, finalmente, llegó el gran día: el maestro llamó a su puerta para anunciarle que por fin estaba preparado para lo que tanto había ansiado. Cuando llegó al templo no encontró a nadie allí, solo había una pequeña tarima y sobre ella un enorme y rico helado. El joven consiguió disfrutar del postre agradecido, sin sentirse decepcionado y, a continuación, lo ordenaron como maestro…

Dejarte engañar por el ego te debilita mucho más de lo que crees… no solo porque no te permite ver la realidad tal cual es y te aleja de tus congéneres por las actitudes de vanagloria sino porque, además, pasas a ser una fácil presa de aquellos que saben que, alimentando convenientemente tu soberbia, te pueden manejar a su antojo, aunque tu creas que es lo contrario. ¡Supérate! No olvides jamás que no hay peor ciego que el que no quiere ver…

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