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No se valora lo que se tiene hasta que se pierde…

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Tab Machado

La liviandad en nuestros juicios de valor, la desidia, la apatía, la falta de apego o simplemente las pocas ganas de involucrarnos con nuestro entorno nos lleva a perder personas, puestos de trabajo y hasta empresas establecidas con sudor y esfuerzo. Dicen que nada se valora lo suficiente en la vida hasta que se pierde y que, recién allí, es cuando uno aprecia en toda su majestuosidad que es lo que no volverá a tener entre sus manos.

Así es en las relaciones personales, en el trabajo, en la compra de bienes materiales y en todas las actividades diarias del ser humano. En ese devenir casi diario de emociones intensas uno, sin darse cuenta, se desprende de valores afectivos o

 

materiales que considera finiquitados y/o molestos y no se da cuenta de su inapreciable valor hasta que los pierde, solo allí se percata que lo nuevo no era mejor que lo que se tenía y muchas veces ya no se puede desandar el camino para reencontrarse con lo que era de su pertenencia.

Cuenta una historia que un joven propietario de la única tienda de abarrotes de su pequeño pueblo se la pasaba escuchando historias fantásticas acerca de una ciudad lejana que era gigantesca, donde se podía ganar dinero muy fácilmente y conseguir todo lo que uno ansía en la vida. El joven quedaba fascinado cuando los mercaderes pasaban por su tienda y le contaban historias de personas que llegaban a esa ciudad y se enriquecían rápidamente con el mínimo esfuerzo, disfrutando de una vida de ensueño, con grandes casas, carrozas tiradas por seis caballos, servidumbre y hermosas mujeres que acompañaban a los nuevos ricos a todos lados.

El joven tenía todo en su pequeño pueblo, la tienda más grande y surtida, una casa que si bien no era la de sus fantasías tenía todo el confort  y una bella esposa que lo amaba, pero él no se sentía feliz ya que creía que se merecía mucho más que eso.

Su tristeza aumentaba cada día al ver que aquello que poseía en realidad era un pesado lastre que le impedía llegar a cumplir sus sueños. Por eso una mañana, mientras soñaba despierto con la vida de la gran ciudad, llegó un mercader que le contó una de las tantas historias que solía escuchar de éxito fácil y le hizo una tentadora propuesta: “porque no vende su tienda y su casa y viaja a la gran ciudad. Con ese dinero, su juventud y su experiencia en manejar una tienda, rápidamente puede ser uno de los más ricos y poderosos allí”. Al joven se le iluminó la cara y dijo: “¿Pero quien me va a comprar mis pertenencias pudiendo irse a la gran ciudad?” Y el mercader le respondió: “yo se la compro, estoy cansado de viajar y no creo adaptarme al vértigo de la ciudad, con algo así me conformo”. El joven no lo pensó dos veces, le vendió al mercader su casa y su tienda y le dijo a su esposa que se iba a la gran ciudad. Que ella volviera a la casa de sus padres porque él iba tras los sueños de toda su vida…

Pasaron los años pero, por mucho que trabajó el joven, no pudo hacer fortuna porque la gran ciudad tenía muchos secretos que él desconocía y las historias que le contaban los mercaderes eran todas simples fantasías.

Cansado de pasar trabajo y añorando sus pertenecías, el joven volvió a su pueblo pensando recuperar su vida, pero cuando llegó a su tienda vio que el mercader la había convertido en un gran supermercado y que no la vendía por ningún precio, ya que allí vivía tranquilo y feliz. Tampoco recuperaría su casa a la que vio hermosa y mejorada gracias al esmero que ponía el mercader. Solo le quedaba como consuelo volver junto a su bella esposa, pero los padres de ella le informaron que la joven, desilusionada, se había ido muy lejos.

Cuentan en el pueblo que el joven jamás se pudo recuperar y que pasó el resto de su vida mendigando en las escaleras de la iglesia junto a un cartel que decía: “uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde…no repitas mi historia”.

A veces, no nos damos cuenta de las cosas buenas que tenemos y, sin pensar, queremos desprendernos de ellas para ir tras falsos tesoros que refulgen como el oro. Lamentablemente cuando nos damos cuenta del error queremos volver atrás pero ya es tarde, pues el ser humano solo aprecia el valor de lo que tiene cuando lo pierde…

 

 

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