Home Tema Central ¡Oh! ¿Serien de mí?
0

¡Oh! ¿Serien de mí?

0
0
¡Oh! ¿Serien de mí?
¡Oh! ¿Serien de mí?

La risa es una expresión innata en los seres humanos sin embargo, para
algunas personas, el hecho de que se rían de ellas les produce un miedo extremo que dificulta enormemente su vida social. Es lo que se conoce como gelotofobia, un trastorno que afecta por igual a todas las culturas.

Reírse es saludable, pero que se rían de uno no lo es tanto. Y menos gracia les hace a quienes sufren de una especial sensibilidad al ridículo motivado por las risas

ajenas. El problema es que consideran que cualquier risa o carcajada que se escuche en su entorno está relacionada con ellas, hasta el punto de que la situación puede provocar síntomas propios de un ataque de ansiedad: sudoración, mareo y temblores.

Este fenómeno se lo conoce con el nombre de gelotofobia, palabra que procede del Griego: fobos significa miedo y gelos se traduce por risa, por tanto, puede definirse como miedo a la risa de los demás, lo cual, a fin de cuentas, no es sino miedo al ridículo. Uno de los especialistas que más ha estudiado este fenómeno es Willibald Ruch, de la Universidad de Zúrich, quien dice que el origen de este trastorno se debe a una dificultad para interpretar correctamente el humor ya que éste se tergiversa como una fuente de humillación.

Sustenta esta hipótesis los resultados de algunas investigaciones que evidencian que las personas con gelotofobia son incapaces de distinguir entre una risa franca y una risa desdeñosa o burlona. De la misma manera, muestran dificultades para distinguir la risa fingida, la sarcástica, la maliciosa y/o la embarazosa. Pero todo no termina ahí, otro problema de los gelotofóbicos es que tienden a creer que ellos son el objeto de la risa ya que malinterpretan el conjunto de señales (tono vocal y expresiones faciales) que normalmente nos indican si somos centro de atención o no. Así, la persona con gelotofobia se ve inmersa en un círculo de rabia, vergüenza y miedo creado por ella misma.

No obstante  no todo está en su imaginación; las personas con gelotofobia generalmente poseen una historia de burlas que los acompañan desde su niñez y adolescencia, por lo cual la mayoría de los investigadores afirman que es un miedo aprendido después de experiencias reales (solo en un porcentaje mínimo las experiencias son imaginadas) que los involucran como objeto de risas y burlas. Ya sabemos que durante la niñez y adolescencia la persona se encuentra en plena construcción de su identidad por lo cual la valoración del medio desempeña un papel fundamental. Cualquier vivencia que involucre la sensación de “hacer el ridículo” puede tener un fuerte impacto emocional que será difícil de mitigar aún en la vida adulta. Al igual que la inmensa mayoría de las fobias, la gelotofobia en sus etapas más avanzadas conlleva un grave deterioro social ya que la persona poco a poco comienza a evitar las situaciones sociales donde pueda ser objeto de escarnio, recluyéndose en espacios más limitados y evitando las relaciones humanas.

Un fenómeno específico de la vergüenza

La gelotofobia se cataloga además como un fenómeno específico de la vergüenza, que se experimenta en fases tempranas de la socialización por este motivo y porque la fobia se debe sobre todo a momentos vividos durante la infancia, los progenitores deben prestar especial atención a determinados comportamientos. Privar de atención, cariño o burlarse de los pequeños de modo sarcástico puede llevar a experimentar sentimientos de vergüenza e inferioridad. El sarcasmo es un medio poderoso para castigar o controlar el comportamiento, pero hay menores que son objeto de mofa o ridículo de forma constante, por ello desarrollan un comportamiento defensivo y tímido. La falta de atención hacia los más pequeños afecta de la misma manera, ya que no perciben si sus actuaciones son correctas o no y se genera inseguridad ante cualquier iniciativa social en etapas posteriores por no haber aprendido lo más apropiado de sus conductas sociales. Se impide el desarrollo de habilidades sociales por desconocimiento. Humillar, ridiculizar y desinteresarse por los intentos de aprendizaje social de los niños y adolescentes acaba por generar una excesiva atención a la reacción de los demás. Por este motivo, las risas ajenas son tan importantes. Incluso se pueden desarrollar sentimientos de autorreferencia, vinculados a la gelotofobia. Se trata de pensar que la persona es el centro de atención y que todos están pendientes de ella, angustiándose ante cualquier situación social.

¡Oh! ¿Serien de mí?
¡Oh! ¿Serien de mí?

Una familia demasiado cerrada también puede dificultar la socialización de sus hijos y como en estos casos la integración en su entorno no se hace de forma natural y libre, es habitual que se generen situaciones difíciles en el proceso de adaptación social. Estas dificultades se reflejan con momentos de estrés cuando se ven obligados a relacionarse y se manifiestan en forma de torpeza, tensión y comportamiento ridículo por la propia ansiedad del momento. En este contexto, una de las principales formas de cohesión y de exclusión en grupos de jóvenes es la risa. De la misma forma que une a la mayoría, puede disgregar a otros. En la adolescencia, la presión del grupo es muy importante. El grupo social marca unas normas de comportamiento, estilo de moda, forma de hablar, de música… por lo que muchos jóvenes se encuentran presionados por seguir estas tendencias, sabedores de que si no lo hacen, corren el riesgo de ser ridiculizados y de que el resto del grupo se ría de ellos e, incluso, les expulsen. Un joven demasiado sensible al ridículo no se encuentra relajado ante las bromas de sus compañeros, no se ríe con ellos porque se mantiene a la defensiva, lo que hace que de manera automática aumenten las probabilidades de que el grupo le rechace.

Consejos para evitar la aparición de la gelotofobia

  • Tanto padres como educadores deben evitar ridiculizar al niño o joven. Los errores infantiles no deben ser castigados con la humillación.
  • No utilizar la burla sarcástica ni la mofa para controlar un comportamiento no conforme. Hay que desechar otros métodos para avergonzar al niño como privación de cariño o de atención o una vigilancia excesiva.
  • No juzgar de forma autoritaria una conducta o comentario; es mejor opinar y dar las razones por las se piensa de forma diferente para que la persona lo comprenda.
  • No comparar con otros, es mucho más efectivo poner ejemplos de conductas deseadas. Poner a otras personas como modelo podría hacer disminuir la autoestima.
  • Colocar “etiquetas” afecta mucho a los jóvenes, que están desarrollando su identidad. Hay que evitar frases del tipo: “es que eres…” con connotaciones negativas, ya que eso pueden incorporarlo a su autoconcepto fácilmente.
  • Si aparecen situaciones hilarantes, es importante que no se menosprecie a la persona. Intentar reírse “con ella”, nunca “de ella”.
  • Educar a los jóvenes a tolerar la sensación de ridículo. Aprender a ser autocrítico con uno mismo para mejorar, nunca para menospreciarse.

Si la situación provoca un estilo de vida defensivo que tiende al aislamiento social, lo mejor es acudir a un especialista.

LEAVE YOUR COMMENT

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *