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Palabras huecas, oídos sordos

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Tab Machado

La lisonja, la adulación o el halago interesado es el mejor somnífero que ha inventado el ser humano para obtener o doblegar la voluntad de sus congéneres. Eso pasa porque la gente prefiere una mentira dulce a una verdad amarga y porque siempre suena mejor en el oído la exaltación exagerada de virtudes, que la demostración enjuta de defectos…

¿Qué prefiere usted: escuchar la verdad por más dura que sea o adormilarse entre los dulces pliegues de una mentira edulcorada? Porque le digo que, cuanto más alta sea su posición u ostente algo que los demás desean (ya sea poder, dinero, contactos, prestigio, etc.), más propenso estará a recibir elogios desmedidos y cantos de sirena que buscarán arrullarlo con el sopor de la lisonja.

Cuenta una historia que el rey de un gran imperio vivía rodeado de personas que reían y festejaban todo el tiempo lo que el monarca decía o hacía y así permanecían siempre a su lado en la corte, recibiendo los beneficios que esto implicaba. No importaba lo que el rey hiciera o dijera, las leyes que impusiera o la justicia que impartiera, lo único que hacían en la corte era celebrar sus ocurrencias y decirle lo grandioso que era. Cuantos más halagos recibía el monarca mas se sentía complacido y mas daba a sus cortesanos.

Un día, mientras el rey paseaba por el bosque, se topó con un anciano ermitaño que vivía allí. Inmediatamente le dijo que él era el rey, que esas eran sus tierras y le contó todo lo que lo amaban en el reino. Pero el anciano lo miró y le dijo: “eso es lo que te han hecho creer, pero no es así”. “¿Cómo?, dijo el rey muy contrariado. “¡Quien te crees que eres para decirme eso! ¡Te invito a viajar conmigo por el reino y ver como la gente me quiere!”

El anciano aceptó el reto y viajaron de ciudad en ciudad, de corte en corte, donde todos cantaban loas al rey y celebraban cada una de sus ocurrencias. El rey miraba al anciano y una ancha sonrisa se dibujaba en su rostro. Cuando culminó la gira, el rey fue a dejarlo al anciano al bosque y le dijo: “como habrás visto la gente me ama, aprueba mi reinado y dicen que soy un gran rey”. “Eso no es realidad y te lo puedo probar”, dijo el anciano. “¿Aun insistes?”, inquirió el rey. “Dame 10 días, venme nuevamente a buscar y te demostraré quienes son verdaderamente aquellos que te aman”, respondió el sabio.

El rey accedió y pasados los diez días volvieron de gira a los mismos lugares de entonces. Con sorpresa las cortes estaban casi vacías y los pocos que aun quedaban allí lo miraban sombríamente al rey y con desgano le servían. El monarca estaba asombrado, más cuando se enteró que el rey de la comarca vecina estaba muy satisfecho y complacido porque los cortesanos que se habían ido estaban ahora a su lado y le decían que él era el mejor monarca y festejaban todas sus acciones…

El rey entonces, por primera vez en mucho tiempo, se reencontró con su pueblo más allá de la corte, quien le criticó lo malo, ponderó lo bueno y se puso a sus órdenes para mejorar la situación.

De vuelta al bosque el rey le agradeció al anciano y le preguntó cómo había pasado todo aquello, a lo que el anciano le respondió: “Simple, corrí el rumor en el reino de que usted estaba en bancarrota y que pensaba renunciar a su trono. Las personas que se fueron nunca lo quisieron y solo se aprovechaban de su majestad, los que se quedaron a pesar de todo, son aquellos que lo quieren de verdad”.

No existe arma más poderosa y sutil para embaucar o persuadir a una persona, que la lisonja o el adulamiento a destajo. Por eso no debemos dejarnos seducir por palabras de alabanzas vacías y huecas que solo buscan hacernos bajar la guardia… ya que quienes oyen sin pensar a los aduladores, no podrán nunca esperar otro premio que el de ser engañados, timados y abandonados a su propia suerte…

 

 

 

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