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Palabras, palabras, palabras…

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Tab Machado
Tab Machado

La palabra ha sido, desde el principio de los tiempos, una herramienta básica de comunicación que ha servido extraordinariamente al ser humano para el relacionamiento con sus congéneres. Mediante este don, el hombre ha podido expresar sus sentimientos, pensamientos y conocimientos a los demás, estableciendo una compleja red social que basa y fundamenta su buen funcionamiento, justamente, en dicha herramienta…

Hasta no hace mucho tiempo (tres o cuatro generaciones atrás) la palabra tenía valor superlativo, porque era el sello de honor que imprimían los seres humanos a sus transacciones y relaciones. Tal es así que hasta había un dicho común que reflejaba este hecho: “Te doy mi palabra” se decía para refrendar una situación o “mi palabra está escrita en piedra”, para decir que lo que se había dicho era inmodificable… Lamentablemente, el ser humano en las últimas décadas ha hecho un curso acelerado y compulsivo de hipocresía, recibiéndose con honores destacados en este rubro y la palabra ha caído al piso siendo pisoteada y denigrada en forma compulsiva. Es más, el hombre se ha acostumbrado a usar esta herramienta sin sustento ni apoyo, solo poniendo frases bonitas en su boca para  alagar sin sentir o para prometer cosas que jamás cumplirá… Si tendrá poco valor hoy la palabra de una persona, que cualquier transacción comercial debe de ser avalada por contratos extensos en los que los compromisos y las sanciones superan largamente hasta las ganas de leerlos…

Ni que hablar en el diario vivir, donde la palabra ha perdido tanto valor que cada ser humano debería de andar con una báscula y ante cada relación (sea laboral, social, amistosa o amorosa) debería de sopesar cada término dicho, oponiendo como contrapeso los hechos o las acciones de su semejante, para saber si realmente lo que dice lo corrobora con sus actos…

Es que al hombre se le hace muy fácil cubrir con palabras su falta de actitud o compromiso, ya que es mucho más sencillo predicar con lenguaje locuaz y convincente que refrendar con la acción. Por eso, si uno confronta palabras contra hechos, seguramente se sorprenderá del endeble sustento en el que descansan muchas relaciones, que están repletas de edulcoradas intenciones pero carecen del poder absoluto de una acción acorde al verbo… Pero quizás, lo peor y más triste de todo, es que hay muchas personas que se conforman y aceptan como válido ese palabrerío bonito y lisonjero, que adormece su espíritu, exalta su ego y obnubila una realidad carente de hechos, porque les da miedo aceptar la cruda verdad de la falta de correspondencia…

Por eso, como dijo alguna vez San Antonio de Padua, “cesen las palabras, por favor y sean las obras quienes hablen”… dado que es imperioso para nuestra sociedad reivindicar el verdadero valor de la palabra ya que es una poderosa herramienta, que si se corresponde con la acción, puede llegar a cambiar el mundo.

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