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Por Favor, Dios Mío… ¡Sólo Tengo 17 Años!

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Jacqueline Camacho-Ruiz

El día de mi muerte fue tan común como cualquier otro día de clases.  Hubiera sido mejor regresarme como siempre en el autobús, pero me molestaba el tiempo que tardaba en llegar a casa.

Recuerdo la mentira que le conté  a mamá para que me prestara su automóvil; entre los muchos ruegos y súplicas, dije que todos mis amigos manejaban y que consideraría un favor especial que me lo prestara.

Cuando sonó la campana de las 2:30 de la tarde para salir de clases, tiré los libros al pupitre porque no los necesitaría hasta el otro día a las 8:40 de la mañana; corrí eufórico al estacionamiento a recoger el auto, pensando solo en que iba a manejarlo a mi libre antojo.

¿Cómo sucedió el accidente? Eso no importa. Iba a exceso de velocidad, me sentía libre y gozoso, disfrutando el correr del auto. Lo último que recuerdo es que rebasé a una anciana, pues me desesperó su forma tan lenta de manejar.

Oí el ensordecedor ruido del choque y sentí  un tremendo sacudimiento…Volaron hierros y pedazos de vidrio por todas partes; sentía que mi cuerpo se volteaba al revés y escuche mi propio grito.

De repente desperté. Todo estaba muy quieto y un policía estaba parado junto a mí. También vi a un doctor. Mi cuerpo estaba destrozado y ensangrentado, con pedazos de vidrio encajados por todas partes. Cosa rara, no sentía ningún dolor.

“¡Oigan! No me cubran la cabeza con esa sábana.  ¡No estoy muerto, solo tengo 17 años!  Además, tengo una cita por la noche. Todavía tengo que crecer y gozar de la vida… ¡No puedo estar muerto!”

Después me metieron en una gaveta. Mis padres tuvieron que identificarme.  Lo que más me apenaba es que me vieran así, hacho añicos.

Me impresionaron los ojos de mamá cuando tuvo que enfrentarse a la más terrible experiencia de su vida. Papá envejeció de repente cuando le dijo al encargado del anfiteatro: “Si…éste es mi hijo”.

El funeral fue una experiencia macabra.  Vi a todos mis parientes y amigos acercarse a la caja mortuoria. Pasaron uno a uno con los ojos entristecidos; algunos de mis amigos lloraban, otros me tocaban las manos y sollozaban al alejarse.

“¡Por favor, que alguien me despierte! ¡Sáquenme de aquí! No aguanto ver inconsolables a papá y mamá”.

La aflicción de mis abuelos apenas les permite andar…mis hermanas y hermanos parecen muñecos de trapo. Pareciera que todos estuvieran en trance. Nadie quiere creerlo, ni yo mismo.

“¡Por favor, no me pongan en la fosa!”

Te prometo, Dios mío, que si me das otra oportunidad seré el más cuidadoso del mundo al manejar. Sólo quiero una oportunidad más. ¡Por favor, Dios mío…solo tengo 17 años!

Michael Lee Polin. En memoria de Jimmy Rowe.

La vida es muy corta para desperdiciarla.  Aprovechemos cada momento con aquellos que nos rodean.

¡Feliz Año Nuevo!

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