Que los Santos Inocentes vengan en tu ayuda

El tiempo, esa magnitud física con la que medimos la duración o separación de acontecimientos, es tan implacable, inmutable e irreversible que nos asusta y amedrenta. Sin embargo ese mismo tiempo es, a su vez, un magistral artesano que lima, pule y alisa cualquier situación pasada, poniéndole una gran capa de barniz que nos permite asimilarla sin el impacto del primer momento. No importa si la misma fue buena o mala, dulce o amarga, feliz o triste, alegre o trágica, el barniz del tiempo siempre atempera las circunstancias, amortiguando los efectos originarios…

Justamente, la frase del título de esta editorial, ‘que los santos inocentes vengan en tu ayuda’ (que en otros países se dice también: ‘¡Que la inocencia te valga!’ o ‘Inocente palomita que te dejaste engañar’) es un claro ejemplo de lo que puede hacer el barniz del tiempo, en su grado más abominable. Es que la frase se usa hoy para coronar las bromas que se realizan los 28 de diciembre a los ‘inocentes’ que se dejan embaucar y se asombran ante una noticia falsa.

No obstante la frase y la fecha, en realidad recuerdan un hecho luctuoso, lúgubre y por demás triste: el Día de los Santos Inocentes, que es la conmemoración de la matanza de los niños menores de dos años nacidos en Belén, ordenada por el rey Herodes I el Grande con el fin de deshacerse de Jesús… Como ven, el barniz del tiempo ha hecho que aquel terrible acontecimiento de infanticidio masivo, haya perdido por completo su cariz trágico, tanto que en la actualidad asume la forma de una broma ‘inocente’ para atrapar ‘ingenuos’.

Por eso no es de extrañar que ese mismo barniz le permita al ser humano vivir hoy con una liviandad moral y emocional espeluznante, importándole únicamente su propia persona y evadiendo olímpicamente todos los temas que le puedan entorpecer su imperiosa necesidad de divertirse y autocomplacerse… Y, a esta altura del año, las personas hacen aún más patente su deterioro espiritual, convirtiendo mediante un anagrama la palabra ‘navidad’ en ‘vanidad’, para únicamente hacer ostentación de su persona. Además, como hemos visto, transforma hechos luctuosos en festivos y, para rematarla, se entrega a un bacanal el último día del año, efectuando toda clase de sortilegios (que son la antítesis de lo que celebró 7 días atrás), para que el nuevo año que inicia lo sacie y atiborre mágicamente de todos los bienes que desea. Como si cambiar de almanaque fuera suficiente hechizo para borrar todas las decisiones que se han tomado a lo largo del tiempo. Pero, como la ilusión es lo último que se pierde, seguramente ese mismo ser humano volverá a gritar con todas sus ansias: ¡año nuevo, vida nueva! aunque nada cambie en los próximos doce meses y él, íntimamente, así lo sepa…

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