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¿Qué mundo estamos legando a las futuras generaciones?

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En este mundo tan venido a menos, donde existe tanta falta sincera de tolerancia, comprensión, respeto al semejante, misericordia, humanidad e indulgencia, siempre se pueden esperar exabruptos y salidas de tono, pero la

radicalización de la retórica por parte de los que guían a la opinión pública, muchas veces pueden ocasionar tragedias de consideración como la que ocurrió el sábado pasado en Tucson, Arizona, cuando una persona disparó contra la Congresista  Gabrielle Giffords y asesinó en el acto  a seis personas más…

La violencia no es patrimonio de nadie en particular, está instalada definitivamente en la sociedad humana a través de todo el orbe y basta tan solo azuzar un poco los ánimos para que esta haga eclosión con todo su furor, sin importar los motivos. Esto obliga a las personas que lideran masas e influyen en el público en general a moderar sus palabras y dichos, porque la radicalización de opiniones termina, inevitable y tristemente, con sucesos como los del sábado pasado.

Acá no se trata de acusar a nadie con el dedo, ni individuos, ni organizaciones, instituciones o partidos políticos, porque sería más de lo mismo y jamás nos hemos caracterizado por igualar hacia abajo, sino de luchar por elevar el espíritu del ser humano hacia la reconquista de los verdaderos valores que nos deben guiar para superarnos como sociedad y especie.

Acusar, culpar o fustigar, con el único motivo de  aprovechar la ocasión para sacar provecho propio nos parece tan imprudente e irresponsable como la incitación a la violencia por la radicalización de opiniones…

Lo que sí es prioritario y menester que los líderes políticos, sociales y comunitarios entiendan, es que sus acciones y opiniones influyen e impactan (positiva o negativamente) en la sociedad que ellos mismos están inmersos y que es necesario buscar un equilibrio para que el público al cual llegan sean beneficiados por sus palabras y por sus acciones.

Vivimos un momento muy particular, el de la cultura de la oposición a todo (sin importar que sea bueno o malo) si con eso podemos alcanzar nuestros objetivos y metas. Donde la radicalización de la opinión se ha convertido en una táctica para conseguir beneficios personales y donde poco importa si se favorece la generalidad, porque lo verdaderamente importante es el logro individual.  Ante esta situación de nada vale gritar a los cuatro vientos que somos buenos, creíbles y confiables si nuestra  obra es denostar para resaltar virtudes propias y sacar réditos. Mientras esto ocurra será muy difícil avanzar, construir sociedades sanas y positivas que lleven a una mayor productividad mientras se convive con verdaderos valores humanos.

Quizás el trágico suceso del sábado pasado sea, como nunca, un alerta sobre qué sociedad queremos construir para el futuro: ¿queremos vivir en un mundo de intolerancia, fanatismo, xenofobia e intransigencia? ¿O definitivamente analizamos nuestra consciencia y volvemos a ser una sociedad solidaria, unida y fraterna, donde se practica verdaderamente la compasión, la tolerancia, el respeto y el amor al prójimo? Sea cual fuere el camino que se elija, la historia y el tiempo  juzgarán inapelablemente a los responsables… Pero, aun así, la gran pregunta que queda flotando, sin respuesta, en el aire es: ¿Qué mundo estamos legando a las futuras generaciones?

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