Rara Avis

El ser humano, esa rara avis que pulula ambiguamente por el mundo corriendo tras la abstracta, difusa y vaga idea de la felicidad, desperdicia y dilapida toda su capacidad intelectual, emocional y cognitiva, tratando de atrapar emociones que nunca lo podrán satisfacer en su totalidad, porque no alcanza a comprender (en toda su magnitud) el verdadero sentido de lo que no es tangible ni tiene realidad propia.

Es por eso, entonces, que la gente busca con ansiedad, ardor y desesperación alcanzar el amor, la libertad, la alegría, la satisfacción, creyendo que de esa manera van a alcanzar la felicidad pero, como no tienen un concepto definido, preciso y concreto de lo que significan cada uno de esos sentimientos y mucho menos de lo que significa y es la ‘felicidad’, siempre les falta “el centavo para el dólar” y siempre creen que ese sentimiento está un paso más allá de lo que han conquistado. Ante esto no es extraño que las personas se terminen refugiando en los bienes materiales y quedando encadenados a ellos, porque es lo único que pueden ver, tocar y ostentar.

Cuenta una historia que un loro vivía en su jaula desde hacía muchos años y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día el anciano invitó a un amigo a su casa para jugar ajedrez. Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Cuando los dos hombres se sentaron a jugar, el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente: “¡Libertad, libertad, libertad!”

Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa el animal no dejó de gritar, a toda voz, la palabra libertad. Hasta tal punto era desgarradora su insistencia, que el invitado se sintió muy apenado y a duras penas pudo terminar la partida. El hombre estaba saliendo por la puerta y el loro seguía aun gritando: “¡Libertad, libertad, libertad!”

Pasaron dos días. El hombre no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Entonces tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra… él iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro.

Un día después el hombre se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: “Libertad, libertad, libertad”.

Al hombre se le partió el corazón. ¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalito? Rápido se acercó a la jaula y abrió la puerta de la misma… entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la puerta y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla mientras seguía gritando mas desesperado que nunca: “¡Libertad, libertad, libertad!”.

Si no conocemos ni sabemos cómo es lo que buscamos, seguramente desearemos con desesperación y angustia lo que jamás encontraremos y, mucho menos tendremos… Por eso redefine tus metas y goza del camino que construyes para llegar a ellas, para que la felicidad en si misma sea parte de tu trayecto y no simplemente el lugar de tu destino, porque si piensas así… jamás llegarás a ella.

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