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Regalos que cambian tu vida

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Tab Machado

A menudo mucha gente se afana por entregar regalos lujosos, ostentosos y hasta excesivos, en su afán de demostrar a otra persona cuanto la quiere. Muchas veces ni siquiera pueden hacer ese gasto, pero el tema es satisfacer el ego propio y el ajeno, mediante bienes materiales que de ninguna manera indican amor de quien lo da o quien lo recibe… Sin embargo hay muchos regalos que no cuestan nada, ni un solo centavo y que, cuando se entregan, pueden cambiar y alegrar la vida de quienes los reciben. Lo más increíble que estos regalos no cuestan ni

un solo centavo, son completamente gratuitos y son más valorados que cualquier bien material que se obsequie.

¿Cuáles son estos regalos? Tan simples que a veces uno ni siquiera lo imagina… por ejemplo el regalo del cariño sincero, ese que nos hace ser generoso en besos, abrazos, palmadas en la espalda y apretones de manos a quienes apreciamos y queremos. Son pequeñas acciones que demuestran el cariño por la familia y los amigos. El obsequio de una sonrisa sincera y franca que demuestre limpidez de sentimiento. El regalo de una frase amable… muchas veces un simple: “Gracias por ayudarme”, “has hecho un gran trabajo”, “me gustó mucho tu comida” o “que linda/o te ves hoy”, pueden hacer una diferencia más importante que un regalo material. El regalo de escuchar con atención, sin interrumpir, criticar o denigrar, sino de comprender y compartir o el simple regalo de la gratitud, ese que hace sentir bien a las personas con un simple “muchas gracias”.

Hay muchísimos más ejemplos de este tipo, pero prefiero contarles la historia popular de Tomás, un niño  de siete años que a mediados del siglo pasado vivía con su mamá, una pobre costurera, en su solo cuarto en una pequeña ciudad del norte de Escocia.
La víspera de Navidad, en su cama, el chico esperaba, ansioso, la venida de Santa Claus. Según la costumbre de su país, había colocado en la chimenea una gran media de lana, esperando encontrarla, a la mañana siguiente, llena de regalos. Pero su mamá sabía que no habría regalos materiales  para Tomás por su falta de dinero.

Para evitar su desilusión, le explicó que en la vida hay bienes visibles, que se compran con dinero y bienes invisibles, que no se compran, ni se venden, ni se ven, pero que lo hacen a uno muy feliz: como el cariño, por ejemplo.

Al día siguiente, Tomás despertó, corrió a la chimenea y vio su media vacía. La recogió con emoción y alegría y se la mostró su mamá: “¡Está llena de bienes invisibles!”, le dijo con gran  felicidad.
Por la tarde Tomás fue al salón parroquial donde se reunían los jóvenes, cada cual mostrando orgulloso su regalo. “¿Y a ti, Tomás, qué te ha traído Santa Claus?”, le preguntan. Tomás muestra feliz su media vacía: “¡A mí me ha traído bienes invisibles!”, respondió.

Los otros jóvenes se rieron de él, entre ellos Federico, un niño consentido quien tenía el mejor regalo pero no era feliz. Por envidia sus compañeros le hicieron a Federico burlas porque su lindo auto a pedal no tenía marcha atrás y este, enfurecido, destruyó el valioso juguete. El papá de Federico se afligió mucho y se preguntó cómo podría darle gusto a su hijo.  En eso ve a Tomás, sentado en un rincón, feliz con su media vacía. Le pregunta: “¿Que te ha traído Santa Claus?”

“¿A mí? Bienes invisibles”, contestó Tomás ante la sorpresa del papá de Federico y le explicó que no se ven, ni se compran, ni se venden, como el cariño de su mamá. Mientras por la cara del padre de Federico rodó una lágrima al comprobar que los bienes materiales nunca demuestran todo el amor que uno tiene por quienes ama, había una gran sonrisa en el rostro de Tomás porque había descubierto, gracias a su mamá, el camino a la verdadera felicidad.

En la semana del amor y la amistad decimos, como siempre, que lo esencial es invisible a los ojos y los bienes materiales podrán dar comodidad y ser una muestra de poder, pero jamás podrán expresar el amor de alguien, ya que los verdaderos sentimientos son los que nacen limpios y sencillos desde el fondo del corazón.

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