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Santo Toribio Romo: el protector de los inmigrantes

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Cuando el 21 de mayo del año 2000, el Papa Juan Pablo II canonizó a 25 mártires de la Guerra Cristera, pocos podían predecir que Santo Toribio Romo estaba destinado a convertirse en el protector de los inmigrantes.

El camino que lleva a Santa Ana es recorrido semanalmente por cientos de peregrinos que se dirigen hacia su destino: la iglesia de Santo Toribio Romo, ubicada a dos horas de Guadalajara y cercana a la población de Jalostotitlán, donde se encuentra el templo donde se venera al mártir. Muchos de esos peregrinos son inmigrantes que llegan a agradecer los favores y la protección recibida por parte del Santo. Es que los testimonios de aquellos que han cruzado la frontera se suman a diario en favor de Toribio Romo al que adoran, admiran y respetan y han denominado ‘Protector de los Inmigrantes’.  

Santo Toribio Romo nació en Santa Ana de Guadalupe, que pertenece al municipio de Jalostotitlán, en la zona de Los Altos de Jalisco, el 16 de abril de 1900. Fue hijo de Patricio Romo Pérez y de Juana González Romo. Como todos los niños, acudió a la escuela parroquial de su pueblo y a la edad de doce años, por consejo de su hermana y con el apoyo de sus padres, ingresó al Seminario auxiliar de San Juan de los Lagos. María, además de hermana, fue promotora de la educación de Toribio. Sus padres oponían resistencia a que estudiara, pues era un apoyo en las faenas propias del campo. “Quica”, como era llamada familiarmente María por sus parientes más cercanos, incluso contribuyó a infundir en él su vocación y fue quien lo acompañó en todos sus destinos para auxiliarlo.

Después de ocho años pasó al Seminario de Guadalajara, a los 21 años de edad debió solicitar dispensa de edad a la Santa Sede antes de proceder a la recepción del orden presbiteral. El arzobispo Francisco Orozco y Jiménez le confirió el diaconado el 22 de septiembre de 1922 y el 23 de diciembre del mismo año administró la ordenación sacerdotal. Prestó sus servicios ministeriales en Sayula, Tuxpan, Yahualica y Cuquío.

La persecución callista contra la Iglesia Católica enardeció los ánimos de los habitantes de Cuquío y el 9 de noviembre de 1926 se levantaron en armas más de trescientos hombres para repeler la opresión del Gobierno, que perseguía a muerte al párroco y a los sacerdotes, quienes anduvieron huyendo de un lugar a otro, esperando de un momento a otro la muerte.

En septiembre de 1927, el padre Toribio tuvo que retirarse y desde el cerro de Cristo Rey lloró afligido porque tenía que dejar el pueblo, decir adiós a su querido párroco; porque los superiores le ordenaban que se hiciera cargo de la parroquia de Tequila, Jalisco, lo cual no era una misión apetecible ya que el municipio era entonces uno de los lugares donde las autoridades civiles y militares más perseguían a los sacerdotes. No se intimidó por ello y localizó una antigua fábrica de tequila que se encontraba abandonada cerca del rancho Agua Caliente, la utilizó como refugio y lugar para seguir celebrando misas.; presintió que allí sería su muerte inevitable, y lo dijo: “Tequila, tú me brindas una tumba, yo te doy mi corazón”.

En diciembre de 1927, el hermano menor de Toribio fue ordenado sacerdote y enviado también a Tequila como vicario cooperador; a los pocos días llegó también su hermana María para atenderlos y ayudarlos.

El Miércoles de Ceniza, 22 de febrero, el padre Toribio pidió  al padre Román (su hermano) que le oyera en confesión sacramental y le diera una bendición; antes de irse le entregó una carta con el encargo de que no la abriera sin orden expresa. También pasó jueves y viernes arreglando los asuntos parroquiales para dejar todo al corriente. A las 4 de la mañana del sábado 25 acabó de escribir, se recostó en su cama de otates y se quedó dormido.

De pronto una tropa compuesta por soldados federales y agraristas, avisados por un delator, sitió el lugar, brincaron las bardas y tomaron las habitaciones y alguien grita: “¡Este es el cura, mátenlo!” Al grito despertaron el padre y su hermana y él contestó asustado: “Sí soy… pero no me maten”… No le dejaron decir más y dispararon contra él; con pasos vacilantes se dirigió hacia la puerta de la habitación, pero una nueva descarga lo derribó. Su hermana María lo tomó en sus brazos y le gritó al oído: “Valor, padre Toribio… ¡Jesús misericordioso, recíbelo! y ¡Viva Cristo Rey!” El padre Toribio le dirigió una mirada y murió como mártir el 25 de febrero de 1928. Veinte años después de su sacrificio, los restos del mártir Toribio Romo regresaron a su lugar de origen y fueron depositados en la capilla construida por él, en Jalostotitlán. El 22 de noviembre de 1992 fue beatificado y el 21 de mayo del 2000 fue canonizado junto con 24 compañeros.

Protector de los inmigrantes

Transcribimos dos testimonios de Santo Toribio Romo como protector de los inmigrantes, el primero es de Otilio, un joven que llegó al templo desde Nevada para ver al santo, quien contó esta experiencia: “Un amigo y yo nos fuimos de Jalos con la intención de trabajar en el otro lado, pero estando cerca de la frontera nos asaltaron y nos golpearon. Se llevaron todo nuestro dinero y estábamos desconsolados”, cuenta Otilio. “No teníamos para pagarle al “pollero” ni para regresar a la casa. De repente, un carro se detuvo a nuestro lado y un sacerdote nos invitó a subir. Le platicamos nuestra situación y nos dijo que no nos preocupáramos, que él nos ayudaría a cruzar la frontera. Y eso hizo. No sabemos cómo, pero nos pasó por una vereda solitaria. Cuando nos dimos cuenta, ya estábamos en Estados Unidos. Al bajar nos dio dinero y nos dijo que buscáramos trabajo en una fábrica cercana, que ahí nos iban a contratar”.

La voz de Otilio todavía se quiebra de emoción al narrar que, sumamente agradecidos, le preguntaron al cura su dirección para pagarle el préstamo con su primer sueldo. “Nos dijo: ‘Ustedes son de Jalisco, ¿verdad? Cuando ganen lo suficiente, vayan a Santa Ana y pregunten por Toribio Romo. Ése es mi nombre’. Con el dinero pagamos el hospedaje y, efectivamente, conseguimos trabajo en el lugar que nos mencionó. Unos meses después vinimos a Santa Ana. Cuando entramos a la iglesia y vimos el retrato del altar, luego, luego, lo identificamos como el padre que nos ayudó. Al preguntar por él nos dijeron que había muerto hacía 70 años. Nos pusimos a llorar y dimos nuestro testimonio”.

El segundo relato es del zacatecano Jesús Buendía Gaytán, un campesino de 45 años de edad, quien cuenta que hace algunas décadas decidió  irse de indocumentado a California para buscar empleo en alguna plantación. Se puso en contacto con un ‘pollero’ en Mexicali pero, apenas cruzaron la frontera, fueron descubiertos por la patrulla fronteriza y para escapar Jesús se internó en el desierto.

Después de caminar varios días por veredas desoladas y más muerto que vivo de calor y sed, vio acercarse una camioneta. De ella bajó un individuo de apariencia juvenil, delgado, tez blanca y ojos azules, quien en perfecto español le ofreció agua y alimentos. Le dijo que no se preocupara porque le indicaría dónde solicitaban peones. También le prestó unos dólares para imprevistos. A manera de despedida el buen samaritano le dijo: “Cuando tengas dinero y trabajo búscame en Jalostotitlán, Jalisco, pregunta por Toribio Romo”.

Luego de una temporada en California, Jesús regresó y quiso visitar a Toribio. En Jalostotitlán lo mandaron a la ranchería de Santa Ana, a unos 10 kilómetros del pueblo. “Ahí pregunté por Toribio Romo y me dijeron que estaba en el templo. Casi me da un infarto cuando vi la fotografía de mi amigo en el altar mayor. Se trataba del sacerdote Toribio Romo, asesinado durante la guerra cristera. Desde entonces me encomiendo a él cada vez que voy a Estados Unidos a trabajar”…

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