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Siembra vientos…

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Se los dije hace un tiempo atrás y se los reitero ahora…me encanta observar los hechos cotidianos de la vida, esos que parecen rutinarios y banales, porque son los que en realidad muestran el rumbo de la humanidad en un siglo en el que se tendrá que confirmar y demostrar, cuales son los verdaderos propósitos en la vida del hombre.

Durante estas fiestas (sobre todo la de fin de año) pude observar la disociación de la familia en el tema de los festejos. Todos parecen tener planes distintos, sobre todo los jóvenes, los cuales prefieren pasar más con sus amigos que con su familia. Se que habrá gente que me dirá que en su casa eso no es así, pero siempre me refiero a la generalidad de la humanidad y no a la particularidad de ciertas grupos o individuos. El hecho es que lentamente vamos perdiendo el sentido de familia y el valor de compartir con nuestros padres momentos que luego se vuelven irremplazables.

Este hecho me hizo recordar una vieja historia que se contaba en mi pueblo y que se refería a esta situación. La historia cuenta que, hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas y un pequeño niño lo apreciaba mucho ya que todos los días jugaba a su alrededor, trepaba por el árbol y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño.

Pasó el tiempo, el pequeño niño creció y nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Sin embargo un día el muchacho regresó al mismo y escuchó que el árbol le dijo triste: “¿Vienes a jugar conmigo?”. Pero el muchacho contestó, “Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos”.

“Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero… pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes”. El muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste.

Tiempo después, el muchacho regresó nuevamente y el árbol se puso feliz preguntándole, “¿Vienes a jugar conmigo?”. “No tengo tiempo para jugar”, respondió el muchacho. “Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?”. “Lo siento, no tengo una casa, pero… puedes cortar mis ramas y construir tu hogar”, le manifestó el árbol. El joven cortó todas las ramas y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.

Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. “¿Vienes a jugar conmigo?”, le preguntó, pero el hombre contestó, “Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?”. El árbol contestó, “Usa mi tronco para que puedas construir uno y así podrás navegar y ser feliz”. El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo.

Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: “Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas”. El hombre replicó, “No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar… ahora ya estoy viejo. No necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años…”. Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: “Realmente no puedo darte nada… lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa”. El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.

Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol en el cuento representa a nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con ellos… pero cuando crecemos los dejamos de lado, ya que creemos que nuestra juventud va a durar para siempre, por lo que sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas, total… no importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Parece que el muchacho es cruel contra el árbol, pero es así como nosotros tratamos a veces a nuestros padres, por eso solo podemos esgrimir un sano consejo: valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a nuestro lado y brindémosles el amor y reconocimiento que ellos se merecen, nunca olviden que lo que ellos sienten hoy, inevitablemente lo sentirán ustedes en la vida adulta, pues el ciclo se repite constantemente…

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