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Silencio…

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Los expertos definen al silencio como “ausencia total de sonido” o “abstención de hablar”, pero creo que no se le hace verdadera justicia al término con ese calificativo, ya que el silencio es mucho más poderoso que esa descripción y su simple aplicación lleva implícito una carga enorme de significado y simbolismo.

Tan importante y poderoso es el silencio que nadie ha podido aguantar mas de 45 minutos dentro de la llamada cámara anecoica (que figura en los Récord Guinness ya que absorbe el 99,99% de los sonidos) donde permanecer mucho tiempo en ese mutismo total puede llevar a la locura…

Pero el silencio también tiene el don de acabar discusiones ya que, cuando dos personas se acaloran y uno de ellos decide simplemente dejar de hablar (más allá de quien tenga la razón) se interrumpe finalmente la disputa por falta de respuestas. La ausencia total de sonido es, al mismo tiempo, lacerante y dolorosa cuando no emite respuestas de ningún tipo, dejando un vacío imposible de llenar o es un azote, cruel y despiadado, que castiga más duramente que un golpe, cuando se lo usa a modo de castigo y penitencia…

Lo más curioso quizás (para ver el lado bueno del silencio) es que no es necesario emitir ningún sonido para comunicarse con un semejante. Una anécdota del poeta Pedro Garfias que debió abandonar España tras la Guerra Civil, explica de por sí solo como el silencio no es una barrera cuando existe ganas de entender a los demás…

Cuando Garfias partió al exilio fue a un castillo escocés cuyo dueño siempre estaba viajando y el poeta vivía prácticamente solo en ese lugar. Para hacer más soportable su soledad, acostumbraba a ir todas las noches a la taberna del pueblo y, como no hablaba inglés y ninguno de los clientes sabía español, pasaba horas en silencio entre nostalgias y recuerdos. Una noche, cuando ya era hora de cerrar, el tabernero le hizo una señal de que se quedara un rato más. Le sirvió y se sirvió una cerveza y así estuvieron un largo tiempo, uno junto al otro, comunicando hondamente sus silencios.

Durante varios días prosiguieron este ritual de profunda comunicación espiritual, hasta que un día, Garfias no pudo contener el torrente de frases que le brotaban desde el alma y le contó sus problemas al tabernero quien, sin entender las palabras, estuvo escuchando y asintiendo emocionado. Cuando terminó el poeta, el tabernero también descargó su alma frente al desconocido que lo escuchó y apoyó calurosamente aun sin entender que decía…

Así siguieron durante varios días escuchándose sin entenderse o, mejor, entendiéndose más allá de las palabras, fraguando una amistad más fuerte que las barreras del idioma y los silencios.

Tiempo después Garfias consiguió marcharse a México y la noche anterior a su partida estuvo tomando y despidiéndose de su amigo tabernero sin entender las cosas que mutuamente se decían…

Años más tarde, el poeta confesaría que, “nunca entendí una sola palabra de lo que él me contaba, pero cuando lo escuchaba, siempre estuve seguro de que lo comprendía. Y sé que cuando yo hablaba, él también entendía lo que trataba de expresarle”…

La anécdota nos demuestra que no es necesario hablar para comunicarse, tampoco tenemos que saber el mismo idioma para entender a otra persona, basta con dejar fluir el espíritu y abrir completamente el corazón para comprender y valorar a quien tenemos enfrente…

Por eso, si será importante la ausencia de sonido y tendrá un simbolismo único, que hasta una canción muy conocida dice: Silencio, silencio… dame la mano y caminemos sin hablar. Silencio, silencio… que lo importante es que hayas vuelto y nada más….

 

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