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Solo así podrás entender…

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El desencanto, al igual que la indiferencia, son sentimientos implacables (casi crueles) porque una vez que enraízan en el corazón, anestesian y enfrían completamente el alma. El quebranto de ilusiones, esperanzas o anhelos, así como la decepción que producen la pérdida de admiración o expectativa en torno a algo o a alguien, comprimen el corazón generando desinterés, insensibilidad y, al final, falta total de emoción sobre el sujeto sublimado. Y cuidado, porque cuando el corazón se decepciona de verdad, ya es muy difícil poder volver a provocar su interés genuino…

Cuenta una vieja historia (que tiene mucho que ver con este tema) que un hombre nunca había tenido ocasión de ver el mar, ya que vivía en un pueblo del interior y solo había escuchado historias de lo impresionante y cautivadora que era esa masa de agua sin igual. Por eso una idea se había instalado fijamente en su mente: “No podía morir sin ver el mar”. Así que, para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía, suspirando y soñando con el día que llegase a estar frente al mar.

Fueron años difíciles, pero su ilusión hizo llevadera la carga. Por fin, ahorró lo suficiente para hacer el viaje, así que tomó un tren que le llevó hasta una ciudad asentada a orillas del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Apenas hubo llegado corrió hasta la playa y allí observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan magníficas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Todo era sencillamente perfecto y tal cual se lo había imaginado.

Se acercó entonces hasta el agua, cogió un poco con la mano y se la llevó a los labios con ansiedad para degustarla. ¡Cuanto había soñado con este momento! Entonces, al sentir su sabor muy salado y poco agradable para consumir, desencantado y abatido pensó: “¡Qué pena que pueda saber tan mal esta agua con lo hermosa que es!”…

La ilusión acuña en el corazón el entusiasmo, la disposición y el afecto, pero la realidad suele muchas veces golpear duramente al alma con una lacónica y terminante decepción, que es imposible de modificar o enmendar.  Es ahí cuando los humanos solemos decir: ponte en mi lugar y ¡padece lo que yo siento! Solo así vas a poder entender mis porqués, mi indiferencia y mis desencantos…

 

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