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Te das cuenta…

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Es auténticamente increíble poder descubrir que piensan los demás sobre ti, sin tener que escuchar de sus bocas palabras huecas. Basta tan solo con prestar atención detenidamente a esos detalles imperceptibles que quedan grabados en las acciones, tal cual huellas digitales, para entender el valor real y verdadero que los demás le dan a tu persona.

Suele ocurrir que, cuando alguien te necesita, suele lisonjearte en demasía pero, cuando pasa esa necesidad, es cuando verdaderamente se ve el interés que tu despiertas en él, ella, ellos o ellas.

Otras veces crees agradar a alguna persona o sientes que te has ganado su respeto pero (como dije antes) basta ver, nuevamente, los detalles imperceptibles para apreciar si eso es real o no.

Recuerda siempre que no existe un arma más poderosa y sutil para embaucar o persuadir a una persona que el adulamiento a destajo, ya que no existe un ser humano que se resista a tal circunstancia, por eso siempre hay que estar alerta…

Si uno no está preparado y atento para detectar tal situación, es muy fácil caer en el dulce sopor de las palabras que nos prodigan y, cuando finalmente despertamos de ese ensueño, nos encontramos que toda la palabrería que escuchábamos era inconsistente y vacía… por eso siempre decimos desde esta columna que las palabras, para ser creíbles, deben venir acompañadas de hechos tangibles…

Es como la vieja historia de la Zorra y el Cuervo. La zorra salió un día de su casa para buscar qué comer. Era mediodía, no había desayunado y tenía muchísima hambre. Al pasar por el bosque vio al cuervo, que estaba parado en la rama de un árbol y tenía en el pico un buen pedazo de queso. La zorra, astuta y hábil para engañar, se sentó debajo del árbol, mirando todo el tiempo al cuervo y le dijo: “Querido señor cuervo, tenga usted buenos días mi dueño; vaya que eres elegante, lindo en extremo. ¡Qué plumaje tan brillante tiene Usted! ¡Apenas puedo creerlo! Yo no gasto lisonjas y digo lo que pienso: Nunca he visto nada tan maravilloso en todo este tiempo. Me gustaría saber si su canto es igual de bonito, porque entonces no habrá duda que es usted el rey de todos los que vivimos en el bosque”…

Al oír un discurso tan dulce y halagüeño el cuervo, muy contento y con  muchas ganas de ser el rey del bosque, quiso demostrarle a la zorra lo hermoso de su canto. Abrió, pues, el pico y cantó: “¡Crrac!”

La zorra se tapó las orejas, pero abrió bien el hocico para agarrar el queso que el cuervo dejó caer al abrir el pico para cantar, lo atrapó y le dijo: “Muchísimas gracias, señor bobo, te quedas sin tu alimento ¡Qué sabroso desayuno me voy a comer! Aliméntate ahora de mis palabras y mis alabanzas… quédate hinchado y repleto, digiere las lisonjas mientras yo me como el queso”…

Luego la zorra masticó despacio el queso, lo saboreó, se lo tragó y se fue relamiéndose los bigotes, mientras el cuervo se quedó muy triste y sin su comida…

Así suele pasar cuando nos dejamos seducir por palabras de alabanzas vacías y huecas que solo buscan hacernos bajar la guardia… ya que quienes oyen sin pensar a los aduladores, no podrán nunca esperar otro premio que el de ser embaucado, timado y abandonados a su propia suerte…

Las palabras bonitas y cargadas de alabanza suelen ser muy convincentes, sobre todo porque atiborran el ego y adormecen el juicio, pero no te dejes llevar por ellas, mejor mira las acciones crudas y descarnadas, porque allí está (y siempre estará) la única verdad…

 

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