Todo o todo… no hay otra posibilidad

Cuando alguien se acostumbra a tenerlo todo sin restricciones y, para colmo de males los que le rodean le cumplen todos los caprichos para evitar sus quejas, se cree el ombligo del mundo y el único receptor de todas las valías y méritos. Entonces, si por cualquier circunstancia esa persona llega a tener que compartir en algún momento aunque sea una ínfima parte de esa atención total que recibe, siente que lo ha perdido todo y sale desesperada a despotricar a los 4 vientos su desgracia, buscando aliados que la compadezcan.

Y, en verdad, ni quiero contarles como queda en su boca aquel pobre que recibió ese mendrugo que hoy le fue privado… mejor que mil furias (deidades vengadoras de la mitología romana que son la personificación de la venganza y del antiguo concepto del castigo, cuya misión era castigar los crímenes humanos) golpeen con saña su cuerpo lacerándolo, que ser víctima de esa lengua despechada.

Es como el cuento de la Urraca y el Búho. Una magnánima granjera había cuidado con celo y devoción una urraca y un búho desde pichones. La urraca siempre había comido de la mano de la granjera, así que nunca se preocupó de buscar su alimento y puntualmente esperaba que la mujer le trajera platillos de granos, cada vez más grandes, para saciar su voracidad y glotonería. A veces ni ganas tenía de comer pero, por miedo a que le redujeran la ración, siempre picaba con furia su plato y se quejaba de lo poco que le deban. El búho, mientras tanto, volaba a diario hasta el bosque cercano procurando su comida para regresar luego a su lugar en la granja que era un viejo árbol en el medio del patio.

Cierto día el búho se lastimó un ala y no pudo volar al bosque, así que la granjera tomó un plato de granos y, al igual que a la urraca, se lo acercó para que comiera. Al ver lo que ocurría la urraca, que es un pájaro que cuando se ve amenazado procura llamar la atención de otros, avisándoles de su presencia y su desgracia, voló al bosque como una saeta y posándose en la rama más alta de un árbol gritó a quien la quisiera escuchar: “¡miren lo que hace la granjera con el búho! Los dos fuimos criados por ella pero ¡a MI NUNCA me dio lo que le da a él! ”. Era tanto el alboroto que el búho escuchó lo que graznaba la urraca a los demás pájaros y, asintiendo agradecido a quien le ayudaba, tan solo meditó en silencio: ¡A ti SIEMPRE!”…

Hay gente, como la urraca, que critica acida, cruda y públicamente lo que hacen los demás pero esconde conveniente y vilmente que ellos actúan exactamente igual (o pero aun) que el criticado, buscando únicamente la compasión ajena. ¿Cómo se llama eso? Si, acertaste, hipocresía… Estas personas primero deberían quitarse la viga que llevan en su propio ojo para luego ver con claridad la mota de polvo de su semejante. Es que en este mundo hay mucho lobo que se pone la piel de cordero para sacar provecho propio, así que ten mucho cuidado si no quieres llegar a convertirte en una de sus presas…

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