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Tres leyendas de Juanacatlán

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la cascada de Juanacatlán
La cascada de Juanacatlán

Las leyendas urbanas son fábulas populares que corren de boca en boca como si fueran ciertas…

En el mes de agosto, como preludio de la celebración de  la Semana Jalisco que realiza la Federación Jalisciense del Medio Oeste para honrar la cultura y las tradiciones jaliscienses, relatamos

leyendas urbanas que, según dice el acervo popular, han sucedido en diferentes pueblos y ciudades de Jalisco. Hoy les contamos tres leyendas cortas de Juanacatlán…

La primera de las narraciones se llama “El Charco Verde” y relata la época en la que el río tenía mucha agua, había mucha pesca y la playa no existía por que no había lugar donde se pusieran las casas, todo era espacio para el río que crecía año con año y era capaz de llevarse las casas con todo y todo, pero sólo en cierta época. Había otra en la que se podía bajar por donde suben los caminos y llegaba uno a las barrancas, el tajo se secaba y había que sacar todos los residuos que dejaba el río a su paso, era un trabajo difícil y a los mozos les pagaban por jornal. Un jornal era una moneda y había que sacar mucho lodo, lo que disgustaba a los trabajadores y les quitaba las ganas hasta de comer. A muchos les daba flojera y se conseguían un duende…   Los flojos que querían duende tenían que ir a la medianoche al Charco Verde, bajar por las barrancas con una canasta de comida tapada con una servilleta bordada y una botella de vino.

La cascada de Juanacatlán
La cascada de Juanacatlán

Al llegar a la orilla del charco, tenían que sacar la comida y acomodarla en platos pequeños, poner una mesita con un mantelito y acercar las sillitas debajo de un árbol y esperar a ver a qué horas se les ocurría salir a los duendes. Y luego seguía lo más difícil: observarlos comer y beber sin hacer ruido, hasta que el rey, observara al que había preparado el banquete para ellos y si le caía bien, le regalaba un duende.

¡Qué suerte! Dirán algunos, el duende trabajaba como dos hombres, si tú dabas una palada de lodo él sacaba dos al mismo tiempo, el trabajo se hacía más rápido, los días se hacían más cortos, los jornales se pagaban mejor… El problema era mantener al duende ya que la condición era darle de comer.

“Cada vez que vayas a comer avientas un pedazo de tortilla a tus espaldas, es para el duende. No se te olvide porque si no te va a pesar. Si se te olvida una vez, el agua que tomes sabrá a podrido, si se te olvida dos veces, el agua estará podrida de nuevo y la comida se llenará de gusanos, si por tercera ocasión se te olvida tendrás todo lo anterior y no te rendirá el trabajo”, aseguraba el rey duende.

Por lo general, al oír las condiciones, el peón se asustaba y regresaba sin duende, pero quienes se llevaban uno dicen que esos trabajadores después de durar algunos días rindiendo el doble de su trabajo amanecían de pronto con aspecto cansado, duraban semanas enteras sin sacar el lodo, a continuación dejaban de comer y morían de hambre…

La segunda leyenda se llama “A las doce en el puente” y dice que, según la creencia popular, “no tienes que llevar un niño pequeño nunca por el puente a la medianoche, porque el aire sopla fuerte y se lleva el alma del niño. El río quiere compañía porque su corriente es rápida y se siente solo, ¿No ves como ruge ensordecedor al chocar con las piedras? La medianoche es la hora que espera con ansia para buscar compañía, el río está solo, no cruces el puente a esa hora”… Estas eran las palabras que decían las viejas a las jóvenes que regresaban de la fábrica al terminar su turno nocturno y recogían a sus hijos pequeños dormidos, como si fueran pequeños muñecos en brazos de las madres que, arriesgándose por el puente lleno de agujeros, regresaban a Juanacatlán. Lo cierto es que lo peligroso del puente era que, en ocasiones, hacía desaparecer también a las madres… El frío que provocaba el movimiento rápido del agua al pasar por el puente se llevó muchos niños y madres, quién sabe que sería: pulmonía, enfriamiento o el ansia de compañía que llevaba el río…

La última leyenda se titula “las campanas del cerro”… Ahí donde está la escuela del cerro antes había una iglesia que quedó encantada, aún no se sabe porqué, pero dicen que un día de fiesta a las doce, las campanas empezaron a sonar y la gente con todo y padre, velas, cirios y flores quedó encantada… sólo las campanas se siguen oyendo.

De vez en cuando, si pones mucha atención y estás el día indicado verás como por atrás de la escuela, ahí donde están los tanques del agua, se abre la puerta, las rocas se mueven y al fondo aparece el resplandor de la iglesia. Es grande y hermosa, está vestida de fiesta, pero no vayas a entrar porque no podrás salir… El cerro está encantado y no te va a dejar salir, mejor cuando oigas las campanas que llaman de adentro del cerro rézales algo a los que están ahí: quizá algún día se rompa el encanto…

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