Un ingrediente especial…

Tab Machado

Tab Machado

La alquimia con la que tratamos de recomponer a diario nuestra maltratada vida necesita de un ingrediente muy especial, sustancial diría yo, para que todo funcione correctamente y tengamos el aliciente de seguir adelante. ¿Cuál es? El estímulo, esa señal externa o interna capaz de provocar una reacción que nos lleve un paso más allá de donde estamos. Si el aliento falta, el espíritu decae y la confianza se mella, porque falta el combustible que hace funcionar el alma.

Si será importante el estímulo que, cuando fallamos en algún intento, su impulso se convierte en la energía que necesitamos para volver a intentarlo nuevamente sin desmayo y con mucha fe.

Así me enseñó mi padre hace mucho tiempo con una lección práctica y sencilla de lo que puede hacer por nosotros esa señal de confianza. Fue un mediodía de primavera, mi padre me había invitado a pasar un ‘día de hombres’ como solía decirle él a un día nosotros dos solos…

Yo apenas tenía seis años y nos fuimos a la playa a comer carne asada. Cuando se acercaba la hora de almorzar mi padre me dijo que juntos íbamos a preparar la ensalada así que, mientras él lavaba y picaba los tomates yo debería ayudarlo a lavar la lechuga… Me dio una jarra con agua y yo comencé a mojarla pero casi al terminar se me escapó de la mano y fue a parar a la arena. La levanté raudamente y traté, con la poca agua que quedaba de limpiarla nuevamente, pero fue imposible.

Con el orgullo herido y sin querer mostrarle el fallo a mi padre le llevé la lechuga sin decirle nada. Él la picó y la agregó al resto de las verduras y en poco tiempo ya estábamos listos para comer. Mi padre sirvió para cada uno un gran trozo de carne y ensalada como acompañamiento. Cuando probé un bocado de las verduras los granitos de arena crujieron en mi boca desagradablemente así que, con disimulo, di vuelta el plato y me enfoqué solo en la carne.

Al cabo de un rato mi padre me preguntó: “¿no comes ensalada?”  Y yo le respondí algo así como: “no, no tengo ganas”. Entonces él me miró, se sonrió y me dijo, “Está bien igual. Para mi está riquísima así que dame tu porción para mi” y con gran satisfacción en el rostro se comió todo lo que había en el plato…

En ningún momento mencionó lo arenosa que estaba la ensalada, recién muchos años después me confesó entre risas, la odisea que había sido comerla pero que lo había hecho con mucho gusto para estimularme a seguir adelante.

Esa frase: “está bien igual” me la repitió muchas veces en su vida y significaba que valoraba el esfuerzo aunque el resultado final no había sido bueno, alentándome a seguir adelante corrigiendo errores…

Por lo que recuerdo mi padre jamás me dio una aburrida lección teórica de lo que eran los valores o de lo que era necesario hacer para vivir a pleno, él simplemente volvía los momentos simples y rutinarios en una escuela de aprendizaje para que nunca se me olvidase… Es que sabía muy bien que el alma se fortalece y los valores se reafirman con esas pequeñas actitudes que demuestran con el ejemplo el derrotero que debes seguir para ser feliz. Hoy ya no está, pero me dejó un legado impagable: el saber que el estímulo es un poderoso acicate que nos incita a ir, siempre, un paso más adelante…

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