Una gota de agua en el desierto

¿Cuántos libros, palabras de profetas o enseñanzas divinas necesita el ser humano para darse cuenta de que lo que atesora en su corazón es lo que describe su vida y marca su existencia? ¿De qué valen todas las palabras del mundo si la humanidad oye pero no escucha, mira pero no ve o lee pero no asimila?

Es que la gente está tan obsesionada por recibir, acaparar y ostentar, que lo único que elucubra y elabora en su mente, son frases que le permitan obtener un beneficio individual, haciendo oídos sordos a todo aquello que signifique dar o compartir, volviendo oscuro, frio y mezquino su corazón y, en igual medida y proporción, su espíritu, su vida y sus decisiones personales…

Cuenta una historia aleccionante que una Reina iba caminando por su pueblo y un mendigo, al ver que se acercaba, pensó: “le voy a pedir a la Reina, ella es muy solidaria, de seguro me dará alguna cosa”. Al llegar la Reina, el limosnero le dijo: “Su majestad, ¿Puede usted, si no es mucha molestia, regalarme una moneda?” A lo que la Reina le respondió: “¿Por qué no me das algo tu a mi? ¿No soy yo tu Reina?”

El mendigo, confundido y sin saber que decir, respondió entre confundido y contrariado: “pero majestad, ¡Yo no tengo nada!” La reina con pasmosa tranquilidad  volvió a decirle: “Algo debes tener guardado, ¡busca!”

El limosnero, confuso y con mucha indignación dado que el esperaba recibir, no dar, buscó entre sus cosas y encontró una naranja, un pan y unos cuantos granos de arroz. Pensó que la naranja y el pan eran demasiado valiosos para entregarlos, por lo que tomó cinco granos de arroz y se los dio a la Reina.

La soberana del reino miró al mendigo y le dijo: “¿Ves que si tenías algo para dar?”… Entonces se le acercó y con gran misericordia le obsequió cinco monedas de oro diciéndole: “Te doy cinco monedas de oro, una por cada grano de arroz que me diste” y siguió su camino…

El mendigo al ver esto corrió nuevamente hacia la reina y le dijo: “Majestad espere… creo que tengo más cosas guardadas” y entonces la Reina le dijo:” no, ya no tengo más nada para darte, porque solamente de lo que has dado de corazón te puedo retribuir”.

Si adiestras a tu corazón solo esperando recibir, cosecharás de los demás tu propia siembra. Por eso, mientras la humanidad se afane únicamente en recibir, obtener o conseguir bienes para su peculio personal jamás podrá entender, asimilar y procesar en su corazón frases tan sencillas, profundas y transformadoras como “Ama a tu prójimo como a ti mismo” o “Hay más dicha en dar que en recibir”, así las escuche mil veces, por lo que todas las palabras y las predicas dichas,  seguirán siendo tan solo una gota de agua en el desierto…

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