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¿Velocidad o Resistencia?

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Tab Machado

Mucha gente cree que el amor y la vida son como una carrera de velocidad pura (estilo 100 metros planos) donde hay que consumir toda la energía disponible que uno tenga,  en el menor tiempo posible, para llegar primero a la meta. Sin embargo y mal que le pese a muchos, el amor y la vida son en realidad una carrera de resistencia (estilo maratón) donde se debe de hacer buen uso de la energía por medio de la constancia y el esfuerzo sostenido, para mantener el buen paso sin decaer y arribar a la meta con chances de victoria…

Es preciso entender que el amor y la vida crecen, se fortalecen y consolidan cuando el arrebato pasa a ser controlado por la sensatez y el buen juicio, permitiendo que la constancia, el esfuerzo y la perseverancia dosifiquen nuestro afán y solidifiquen nuestro camino.

Cuenta una historia que había una princesa que estaba locamente enamorada de un capitán de su guardia y, aunque sólo tenía 17 años, no tenía ningún otro deseo que casarse con él, aún a costa de lo que pudiera perder. Su padre, que tenía fama de sabio, no cesaba de decirle: “No estás preparada para recorrer el camino del amor y de la vida. El amor es renuncia y así como regala, crucifica. Todavía eres muy joven y a veces caprichosa, si buscas en el amor sólo la paz y el placer, no es este el momento de casarte”. “Pero, padre, ¡sería tan feliz junto a él!, que no me separaría ni un solo instante de su lado. Compartiríamos hasta el más profundo de nuestros sueños”, dijo la princesa.

Entonces el rey reflexionó y dijo: “las prohibiciones hacen crecer el deseo y si le prohíbo que se encuentre con su amado, su deseo por él crecerá desesperado. Además los sabios dicen: “Cuando el amor llegue: síguelo, aunque sus senderos sean arduos y penosos”. Así que al fin le dijo a su hija: “voy a someter a prueba tu amor por ese joven. Vas a ser encerrada con él cuarenta días y cuarenta noches. Si al final sigues queriéndote casar es que estás preparada y tendrás mi consentimiento”.

La princesa, llena de alegría, aceptó la prueba y abrazó a su padre. Todo marchó perfectamente los primeros días pero, tras la excitación y la euforia, no tardó en presentarse la rutina y el aburrimiento.

Lo que al principio era música celestial para la princesa se fue tornando ruido y así comenzó a vivir un extraño vaivén entre el dolor y el placer, la alegría y la tristeza. Así, antes de que pasaran dos semanas ya estaba suspirando por otro tipo de compañía, llegando a repudiar todo lo dijera o hiciese su amante.

A las tres semanas estaba tan harta de aquel hombre que chillaba y aporreaba la puerta de su recinto. Cuando al fin pudo salir de allí, se echó en brazos de su padre agradecida de haberle librado de aquel a quién había llegado a aborrecer.

Siempre digo que la vida es larga para muchas cosas y muy corta para otras, pero de nada vale comprimir el tiempo y apurar los procesos para lograr lo que uno se propone, necesita o quiere, ya que, generalmente, la impaciencia nos impide alcanzar buenos resultados y todo lo que comienza deprisa, culmina deprisa y con consecuencias nefastas.

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