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¡Yo no!

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La mayoría de las personas se enojan y se fastidian cuando les preguntan si son racistas, xenófobos, nacionalistas, regionalistas, sufre de fanatismo o, incluso, un poco de todo… ¡Yo no! Es la respuesta vehemente que casi no deja lugar a discusión. Pero, sin embargo, hay que analizar a fondo cada una de las actitudes que se toman en la vida para saber que tanto se padece de alguna de estas distorsiones psicológicas.

El tema es que muchas veces no se toma en cuenta que cualquiera de estas aversiones no solo se limita al color de la piel, sino también a la creencia religiosa, la orientación sexual, la cultura y/o el lugar de nacimiento. El tema es más amplio y más profundo de lo que parece y solo quien se atreve a indagar en sus propias actitudes, sin mentirse a sí mismo, puede llegar a descubrir que tanto le afectan esos prejuicios que, sin pensarlo, llevan a menospreciar a otras personas solo por ser diferente.

La discriminación y la intolerancia más extendida, esa que es casi imperceptible pero deja su huella y marca, es aquella que las personas imponen solo aceptando lo de ellos como mejor y único, sin dar espacio a los demás. Dicen no sentir aversión hacia otros por el color de su piel y por eso creen que no son racistas, pero discriminan a la hora de hablar de la religión de los demás, de su orientación sexual, sienten aversión por el modo de vida y costumbres de otros o ‘simplemente’ creen que solo su pueblo, región y/o país es mejor que todo el resto del planeta.

Es que la xenofobia no deja de ser una distorsión en la percepción de la realidad, que nos hace sobrevalorar nuestra cultura, nuestra estirpe y nuestras costumbres por sobre las de los demás. Y como toda distorsión psicológica el xenófobo no se acepta como xenófobo, ya que no es consciente de su alteración.

Si a este pesado lastre, que ya de por si es lapidario, le sumamos el enorme yoismo que pulula en el mundo (personas que creen tener siempre la razón, no se equivocan nunca, lo mejor debe ser siempre para ellos, se lo merecen todo, hay que hacer las cosas en el momento y en la forma que ellos digan, además de imponer sus deseos y caprichos) la mezcla termina siendo altamente nociva y perjudicial para todo el entorno.  Lamentablemente, mientras estemos convencidos de que la única satisfacción placentera y válida es el logro personal, aún por encima del bien común, estaremos muy lejos de la verdad.

Mientras no seamos capaces de entender a otros, encontrar fines comunes más allá de las diferencias y no aprendamos a extender la mano para dar y lo hagamos únicamente para señalar o imponer, no habrá ninguna posibilidad de subsistir como especie… Esta es una verdad universal y un legado que nos dejó Jesús hace más de dos mil años (que nos gusta mucho pregonar, pero que no hacemos nada por cumplir): “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Mientras esta sentencia sea tan difícil de aplicar y cumplir para la humanidad, cualquier intento de acercarnos a otros simplemente será una nueva oportunidad para dejar aflorar nuestro pérfido y abominable individualismo feroz… Entonces, si no somos capaces de superar y suprimir el “yo, yo, yo”, no nos enojemos cuando nos preguntan: ¿Eres racista, xenófobo y/o nacionalista? Y mucho menos gritemos escandalizados: ¡Yo no!

 

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