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Zapatos ajenos

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Tab Machado

La soberbia y la suspicacia son motivos suficientes y también factores decisivos, a la hora de engendrar, mantener y/o engrosar la aversión, el rencor y la antipatía hacia otra persona. A veces, incluso, por motivos nimios, superfluos o inexistentes (de esos que solo habitan en nuestra mente) se genera un rencor que, justamente, la soberbia y la suspicacia lo llevan a un grado de paroxismo inexplicable. Y cuando ese resentimiento nace y crece,  luego es muy difícil de frenar, porque cualquier motivo será siempre un justificativo válido para avivar el fuego del odio e incrementar el rencor, el encono y el resentimiento…

Cuenta una historia que  una vez un hombre salió de su casa, apurado para ir al trabajo y justo al pasar por delante de la puerta de la casa de su vecino, sin darse cuenta, se le cayó un papel importante. Su vecino, que miraba por la ventana en ese momento, vio caer el papel, y pensó: “¡Qué descarado, el vecino va y tira un papel para ensuciar mi puerta,

disimulando descaradamente!” Entonces, en vez de decirle nada, planeó su venganza, y por la noche vació su papelera junto a la puerta del vecino.

Este estaba mirando por la ventana en ese momento y cuando recogió los papeles encontró aquel papel tan importante que había perdido y que le había supuesto un problema aquel día. Estaba roto en mil pedazos y pensó que su vecino no sólo se lo había robado, sino que además lo había roto y tirado en la puerta de su casa a propósito.

Enojado por la acción  no quiso decirle nada y se puso a preparar su venganza. Esa noche llamó a una granja para encargar diez cerdos y pidió que los llevaran a la dirección de su vecino, que al día siguiente tuvo un buen problema para tratar de librarse de los animales y sus malos olores. Pero éste, como estaba seguro de que aquello era idea de su vecino, en cuanto se deshizo de los cerdos comenzó a planear su venganza. Así, uno y otro siguieron fastidiándose mutuamente cada vez más exageradamente y de aquel simple papel caído  por casualidad en la puerta, llegaron a llamar a una banda de música con música estridente, estrellar un camión contra la tapia ajena y hasta lanzar una lluvia de piedras contra los vidrios del otro. En el clímax total y en el colmo de la locura, uno de ellos hizo detonar una bomba-terremoto que derrumbó las casas de ambos…

Los dos vecinos acabaron en el hospital y se pasaron una buena temporada compartiendo habitación. Al principio no se dirigían la palabra pero un día, cansados del silencio, comenzaron a hablar. Con el tiempo se fueron haciendo amigos hasta que, finalmente, se atrevieron a hablar del incidente del papel. Entonces se dieron cuenta de que todo el problema había surgido de un hecho fortuito, intrascendente e involuntario que, si en ese instante hubieran hablado claramente (en lugar de juzgar las malas intenciones del otro) la amistad y la confianza se habrían incrementado y ahora los dos tendrían su casa en pie…

Prejuzgar sin motivo o razón aparente, dejándose llevar por el arrebato, generalmente nos hace obrar mal y obtener desastrosas consecuencias. Por eso antes de juzgar con dureza la intencionalidad de otra persona hacia ti, es bueno que te pongas en sus zapatos y analices lo ocurrido, antes de que la soberbia y la suspicacia te nublen la mente y ya no puedas pensar…

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