Amigo: una palabra para grabarla en piedra

Este extraño y anómalo año 2020 nos ha dado una posibilidad única de ver la realidad de la vida y consolidar nuestro mundo interior. La pandemia de COVID-19, mas allá de ser sobrecogedora, escalofriante e inquietante por los números de fallecimientos y contagiados que ha ido dejando a su paso, nos ha ofrecido una oportunidad única para descubrir cómo y quiénes son las personas que comparten nuestro entorno. Mi esposa siempre me dice: fíjate bien quienes están a tu lado en las malas, porque esos son los verdaderos amigos y a quienes vale la pena ayudar y rodear en el día de mañana cuando te necesiten a ti…

Es que la verdadera amistad, esa que es indeleble, indestructible y que se cuenta con los dedos de la mano se construye en base a fidelidad, sinceridad y constancia y se mantiene por siempre con confianza, empatía, simpatía, amor y, sobre todo, reciprocidad…

En la semana internacional de la amistad les reproduzco un relato muy interesante que leí hace un tiempo y que comparto con ustedes: “Cierto día, al estar en mi casa de noche, recibí la llamada de un muy buen amigo. Me dio mucho gusto su llamada y lo primero que me preguntó fue: “¿como estás?” Y sin saber porqué le contesté: “solísimo”.

“¿Quieres que platiquemos?” me dijo y al responderle que sí, me dijo: “¿quieres que vaya a tu casa?” Y respondí nuevamente que sí. En menos de quince minutos mi amigo estaba tocando a la puerta.

Nos sentamos y hablé por horas de todo: de mi trabajo, de mi familia, de mis deudas y él, atento siempre, me escuchó. Se nos hizo de día y yo estaba totalmente cansado. Me había hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara, que me apoyara y me hiciera ver mis errores. Me sentía muy a gusto y, cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo: “bueno me retiro, tengo que ir a trabajar”.

Me sorprendí y le dije: “pero porque no me habías dicho que tenías que ir a trabajar, mira la hora que es, no dormiste nada, te quité tu tiempo toda la noche”. El sonrió y me dijo: “no hay problema para eso estamos los amigos”…

Yo me sentía cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así. Lo acompañé a la puerta de mi casa y, cuando él caminaba hacia su automóvil, le grité desde lejos: “oye y a todo esto, ¿porqué llamaste anoche tan tarde?”.

El regresó y me dijo en voz baja: “es que te quería dar una noticia… fui al doctor y me dijo que mis días están contados, tengo un tumor cerebral, no se puede operar y solo me resta esperar”…

Me quedé mudo, él me sonrió y me dijo: “que tengas un gran día amigo, yo siempre estaré acá para ti”. Se dio la vuelta y se fue. Pasó un buen rato y, para cuando asimilé la situación, me pregunté una y otra vez, porque cuando él me preguntó “¿cómo estás?” me olvidé de él y sólo hablé de mí… ¿Cómo tuvo la fuerza de sonreírme, de darme ánimos, de decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación?… esto es increíble”…

Así, como narra esta historia, son los verdaderos amigos: siempre dispuestos a darlo todo por afecto, a ir un paso más allá, a cargarte dos millas cuando tan solo les pediste que te transportaran una… Por eso recuerda el Evangelio que dice: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” y graba en piedra (con buenas acciones) los nombres de aquellos amigos que son verdaderos, para que nada en el mundo los pueda borrar jamás…

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