Aunque a la mona la vistan de seda…

Dice un dicho popular que, aunque a la mona la vistan de seda… mona queda. Generalmente esto se expresa porque la condición de una persona o sus defectos naturales no se pueden encubrir ni cambiar con mejoras meramente externas. Sin embargo eso es lo que hace la mayoría de los seres humanos para ‘verse bien’, aunque su alma y espíritu vivan en ‘una pobreza franciscana’.

Es que, guiados por el instinto de poseer, ostentar y lucir, el ser humano cada día deja su vida corriendo desaforadamente tras conquistas materiales, olvidándose por completo que lo esencial de la felicidad no es acopiar descontroladamente, sino disfrutar con alegría, gozo y sencillez aquello que tiene entre sus manos y a quienes lo rodean.

Por eso considero importante recordar hoy el cuento de la ratita presumida. Cuentan que en cierta ocasión había una ratita muy presumida porque tenía unas canicas de cristal y unos trozos de aluminio brillantes y creía que eran tesoros únicos en el mundo, entonces alardeaba constantemente de ellos. Pero, lamentablemente, no se preocupó nunca por cuidarlos, pulirlos y lustrarlos así que, con el tiempo, los artículos fueron quedando más opacos, comunes e insignificantes de lo que ya eran.

La ratita no se dio cuenta de esto, solo vio que los demás ya no se deslumbraban con lo que veían entonces, desesperada por la falta de atención, entró a inventar y ensalzar sus artículos diciendo que eran de procedencia de la casa del rey, que los había usado su majestad en una suntuosa fiesta y que todos en el castillo querían tener unos iguales.

Al principio algunos roedores incautos se dejaron maravillar y adularon a la ratita que se sintió importante de nuevo, pero fue solo un momento porque después esos mismos ratoncitos cándidos siguieron a otros más importantes.

La ratita se sintió desplazada de nuevo, así que inventó cada vez mas y mas mentiras acerca de sus artículos para ser única e inigualable. Pero cada vez debía ir más y más lejos para captar la atención: que provenían del espacio exterior, que en realidad eran lágrimas de dioses condensadas y excentricidades similares… Tanto y tanto mintió la ratita para presumir lo que no tenía, que al final sus pares oían sus historias con un dejo de pena o de burla, porque todos sabían que ella en realidad no tenía nada de valor.

Quizás, si simplemente se hubiese preocupado por limpiar, bruñir y adornar sus canicas y trozos de metal hubiese mantenido vivo el interés de quienes la rodeaban…

El cuento nos muestra que aquel que quiere cubrir con oropel su pobreza espiritual para verse ante los demás como en realidad no es, tan solo porque ambiciona más de lo que puede atesorar y disfrutar, vive con insatisfacción permanente y destruye por completo su vida y su entorno…

Esto suele ocurrir cuando el alma se endurece y el espíritu solo siente placer al mirarse a si mismo…

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