El brincolin de la vida

La vida, para muchos, es igual a esos brincolines o castillos inflables que la gente contrata por unas horas para una fiesta: se inflan, aparentan más de lo que en realidad son, se destacan por su colorido y hasta divierten por un rato, pero al terminar ‘la fiesta’ los desinflan y vuelven a su estado inexpresivo y anodino, debido a que todo su ‘esplendor’ era simplemente ‘puro aire’…

Por eso no es raro que este tipo de personas prefieran tener un vehículo ostentoso (o dos, o tres, así la gente los ve siempre en uno diferente), mucha ropa y calzado (lo importante, nuevamente, es la cantidad) y acercarse a gente importante para presumir con otros un éxito que no tienen, ni gozan… Por algo el dicho dice que: “las apariencias engañan”.

En realidad son como la leyenda del murciélago que se cuenta en Oaxaca. Se dice que, al principio, el murciélago era tal y como lo conocemos hoy y se llamaba biguidibela que significa algo así como ‘mariposa desnuda’.

Un día subió al cielo y le pidió plumas al creador, tal como había visto en otros animales que volaban. Pero el creador no tenía plumas, así que le recomendó bajar de nuevo a la tierra y pedir una pluma a cada ave. Y así lo hizo el murciélago, eso sí, recurriendo solamente a las aves con plumas vistosas y de colores. Cuando acabó su recorrido, el murciélago se había hecho con un gran número de plumas que envolvían su cuerpo.

Consciente de su nueva belleza, volaba y volaba mostrándola orgulloso a todos los pájaros, que paraban su vuelo para admirarle. Agitaba sus alas ahora emplumadas, aleteando feliz y con cierto aire de prepotencia.

Una vez, como eco de su vuelo, creó el arco iris. Era todo belleza. Pero era tanto su orgullo que la soberbia lo transformó en un ser cada vez más ofensivo para con las demás aves.

Con su continuo pavoneo, hacía sentirse chiquitos a cuantos estaban a su lado, sin importar las cualidades que ellos tuvieran. Hasta al colibrí le reprochaba no llegar a ser dueño de una décima parte de su belleza.

Cuando el Creador vio que el murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para aparentar ante los demás, le pidió que subiera al cielo donde también se pavoneó y aleteó feliz. Aleteó y aleteó mientras sus plumas se desprendían una a una, descubriéndose de nuevo desnudo como al principio.

Durante todo el día llovieron plumas del cielo y desde entonces el murciélago ha permanecido desnudo, retirándose a vivir en cuevas y olvidando su sentido de la vista para no tener que recordar todos los colores que una vez tuvo y perdió.

Así son algunas personas en la actualidad, tratan de captar la atención de los demás ostentando lo mas que pueden pero, cuando se miran en soledad al espejo ven que tristemente son pura fachada, al igual que los brincolines que cuando los desinflan, son tan anodinos e inexpresivos que, simplemente, no son nada…

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