El ‘Cocal’: una enseñanza para no olvidar jamás

La vida me dio dos maestros excepcionales: mis padres, que con su accionar simple y sencillo me fueron inculcando valores que lucho por mantener en esta sociedad humana que se desgarra y rompe en mil pedazos y una serie de hechos que se arraigaron en mi memoria indeleblemente y se convirtieron en la base de un ideal de vida que todos soñamos en algún momento para la humanidad, pero que los mortales nos hemos encargado de echar a un costado y olvidar oportunamente en pro de nuestro ‘bienamado’ individualismo.

Decía el inolvidable Martin Luther King que: “Un individuo no ha comenzado a vivir de verdad mientras no haya traspasado los estrechos confines de sus aspiraciones particulares para adentrarse en el vasto universo de los anhelos de toda la humanidad”… Aprender eso y sobre todo practicarlo es básico y elemental para que el mundo vuelva a tener sentido… ojalá algún día lo tomemos en serio.

Sobre el tema recuerdo una anécdota muy vívida en mi memoria, que ocurrió hace ya mucho tiempo y que fue una inolvidable lección sobre la importancia de entender que el respeto a los derechos de los demás es básico e indispensable para alcanzar un mundo mejor…

Volvía toda la familia de la ciudad de Castillos en el reluciente Austin A40 que mi padre tenía. Habíamos ido a ver a los abuelos maternos, tíos y primos… en esos días había un tema obligado en cada reunión que se formaba: el encallamiento del barco ‘El Cocal’.

Mis padres comentaban animadamente, mientras regresábamos, sobre las historias que se tejían acerca del suceso que había ocurrido en un punto equidistante entre mi pueblo y la ciudad de donde veníamos… “¡Alli es!” dijo mi padre con indisimulado entusiasmo al ver la bifurcación de la carretera principal con un camino que aparecía a nuestra derecha y que llevaba al paraje donde había ocurrido el accidente marítimo. “¡Vamos a verlo!”  dijo al momento mi madre, contagiada por el entusiasmo de mi padre. Sin mediar mas palabra mi padre giró y se internó en el camino vecinal, mientras el sol se aproximaba lentamente al horizonte…

Recuerdo que el camino era angosto, polvoriento y largo, así que mi mente infantil se puso a imaginar historias de piratas, tesoros y aventuras colosales ya que, en definitiva, íbamos a ver un naufragio…

Cuando el automóvil al fin se detuvo a unos metros del final del camino, el silencio era absoluto aunque, de vez en cuando, era interrumpido por el vaivén rumoroso de las olas del mar. Corrimos hasta la playa y la enorme figura del barco llenó completamente mis ojos… era un espectáculo increíble, inenarrable, como si las mil aventuras tejidas en mi mente se convirtieran en auténtica realidad…

El tiempo voló de prisa y cuando las penumbras amenazaban la visión regresamos al auto para volver al camino y a casa. Al llegar nos topamos con un imprevisto: un enorme camión ocupaba absolutamente todo el camino y no había espacio para rebasarlo, solo la arena… Mi padre lo intentó, puso las cuatro ruedas en la arena pero cuando intentó acelerar, el auto se empantanó de tal manera que fue imposible sacarlo.
De repente mi madre dijo: “allí, atrás de aquel árbol hay un hombre mirando”. Acto seguido nos hicieron entrar al auto y escondernos en la parte trasera. Recién ahora mis padres se percataban de lo solitario del paraje… Mi curiosidad pudo siempre más que mi miedo, así que levanté la cabeza y observé: el hombre caminaba hacia mis padres quienes tenían una herramienta en la mano cada uno. A unos 5 metros de ellos el hombre dijo: “hola” amistosamente y la tensión comenzó a desaparecer… Luego le explicó a mi padre que no sabía que había una familia, que pensó que eran pescadores y que les quería dar una lección por cerrar el paso hacia el barco… Luego el hombre tiró una soga, amarró el auto y lo cinchó con su camión. Nos puso en el camino nuevamente y se despidió con su mano en alto hasta que el polvo del camino y la oscuridad de la noche ya no lo dejaron ver…

Ese día aprendí, de manera indeleble, que el derecho de cada uno termina cuando empieza el de los demás…

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