El día que se jubile Kesman…

Siempre que he pensado en escribir acerca de la esperanza, la frase del título se me cruza por la cabeza una y otra vez sin permitirme elegir ningún otro encabezado que ese. Es que mi madre ha sido desde siempre unos de los pilares de mi vida y ella, preocupada de que sus hijos jamás dejáramos de luchar por alcanzar nuestras metas, nos daba cada tanto unas enormes cucharadas soperas de esperanza para que el desaliento no nos hiciera abandonar los objetivos trazados.

Resulta que allá por el año 1984, habiendo yo culminado mis estudios de comunicación social, buscaba afanosamente insertarme en los medios de comunicación con más reveses que fortuna, producto de un medio pequeño y de pocas oportunidades laborales. Entonces, cuando frustrado conversaba con ella y le contaba mis desdichas que creía serían eternas, mi madre me daba aliento para no decaer en la búsqueda de poder cumplir mis sueños y me pedía tener paciencia y esperar el momento…

Y, cuando eso ya no era suficiente, entonces llenaba una enorme cuchara sopera con el elixir de la esperanza y me trataba de confortar de esa manera… De allí surgió la frase del título. Cierto día en el que ningún argumento me convencía de porque no lograba abrirme camino en el medio periodístico, ella me dijo “bueno debes de tener esperanza. Algún día Kesman, Da Silveira y todos los que están hoy se van a jubilar y vas a tener tu oportunidad… Ellos no van a estar trabajando para siempre”… Aclaro acá, antes de seguir, que Alberto Kesman y el Dr. Jorge Da Silveira eran (y lo son aun) dos de los periodistas más reconocidos de mi país y de los mas conceptuados a nivel deportivo.

La frase fue acuñada en el lejano 1984 y mucha agua ha pasado por debajo y por arriba del puente, a veces placida y a veces convertida en un loco torbellino con ganas de llevarse todo lo que uno tiene en ese momento. Treinta y cinco años nos diferencian de aquel hecho circunstancial, en medio de los cuales he podido trabajar en los tres medios de comunicación: oral, televisado y escrito, cumpliendo uno a uno aquellos anhelos que parecían una quimera irrealizable…

Hoy, quizás, son otras las frustraciones, los desalientos y/o los infortunios y también son habituales las conversaciones con mi madre acerca de por qué se truncan algunas cosas. Y ella, en forma inalterable, cuando ya no quedan argumentos posibles para consolarme, confortarme o alentarme, saca providencialmente su mágico elixir y me pone frente a la boca una de sus famosas cucharas soperas de esperanza… Entonces la miro con complicidad y le digo: “Si, ya sé, ¡el día que se jubile Kesman!”… Y ella, como sabe que el mencionado periodista es aun hoy líder en comunicación y sigue vigente, se pone a reír y me dice: “para que veas que aun así alcanzaste todas tus metas… ¡jamás hay que perder la esperanza!”

Ya lo dice la Biblia: “La esperanza que puedes ver no es esperanza. Porque ¿quién espera lo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con paciencia”.

A luchar entonces sin desmayos por nuestros sueños, sin perder nunca la esperanza de conseguirlos ya que, como dice siempre mi madre: todo llega a su debido tiempo.

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