Jamás te olvides del primer escalón que pisaste

Alguien me dijo esta semana que la pandemia de COVID-19 estaba sacando a luz lo mejor y lo peor de cada ser humano, dependiendo de que fuera lo que tuviera cada uno en su interior… Y, como lamentablemente el egoísmo, el materialismo y la ingratitud son los rasgos que priman en la sociedad humana actual, las muestras que más vemos emerger hoy por hoy en todos los rincones del orbe son de deslealtad, impiedad e indiferencia… Eso sí, para no quedar mal, la gente se esconde detrás de excusas vanas y fútiles (como siempre) haciendo correr un impetuoso río de disculpas injustificables para su proceder impúdico…

Cuenta una historia que un polluelo de águila miraba extasiado desde su nido el esplendoroso vuelo de sus mayores y, creyendo que podría volar aún mejor y más alto que ellos, abandonó su nido y se dejó caer desde la cima misma de la montaña. Claro que, como era tan solo un pichón, no pudo elevarse y, dando brincos, revolcones y botes, llegó hasta el suelo todo magullado y herido tanto en el cuerpo como en el alma. Un leñador que estaba talando un gran pino lo vio y, apiadándose de él, se lo llevó a su cabaña. Allí lo limpió, curó sus heridas y lo puso en un mullido almohadón cerca de la chimenea para que mantuviera el calor y se recuperara.

El polluelo de águila se sintió seguro y a gusto con la situación. Días después el hombre empezó a ejercitar sus alas y a cuidar de su plumaje y el polluelo dijo: “el día que sea grande seré tus ojos, te traeré comida si hay escasez y te ayudaré en todo lo que pueda”.

El hombre siguió ayudando al polluelo fortaleciendo su espíritu y sus alas y dándole de comer de lo mejor que había en la casa. Le enseñó a revolotear primero y a tener vuelos cortos y seguros después, para que ya no tuviera miedo a las alturas. La joven águila siguió diciendo: “el día que pueda volar seré tu guía desde el cielo, nunca te abandonaré y cuidaré de ti si alguien quiere hacerte dañó. Sin ti yo no sería nada y de eso no me voy a olvidar”…

El leñador siguió ayudando al águila con todo esmero y dedicación para que esta pudiera finalmente volar por los cielos y el ave siguió repitiendo que jamás olvidaría lo que había hecho el hombre por él.

Cierto día a la mañana, cuando el sol ya coronaba la cima de la montaña, el águila se sintió con toda la fuerza y confianza que se necesita para emprender el vuelo y, desplegando sus majestuosas alas, dio un par de pasos y despegó del suelo con gran porte. Con tan solo un par de aletazos tomó altura y pronto se encontró en el cielo, mirando todo desde arriba…

El hombre la miró orgulloso y confió en que la amistad que se había originado entre ambos jamás moriría y seguirían juntos ayudándose mutuamente pero el águila, dejando aflorar sus instintos y tratando de que nadie supiera de que el hombre la había ayudado, jamás volvió a ver al leñador y siguió sola su destino ahora que ya podía volar sin ayuda…

La historia nos muestra como las promesas estériles, esas que no tienen ninguna posibilidad de convertirse en realidad, son las que más repiten aquellos mentirosos y egoístas que solo buscan su bienestar, sin brindar nada a cambio. Así son los impúdicos, prometen el cielo sabiendo que no van a cumplir y luego solo esperan el momento oportuno para ‘lavar’ su conciencia mediante excusas triviales. Lo único que olvidan es que el dolor de barriga no da una sola vez en la vida y que aquel escalón que pisaron para subir a la cima, ya no estará de nuevo cuando necesiten volver a ese peldaño…

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