La radio a transistores de mi padre

Hay personas a las que les gusta vivir toda su vida en el mismo lugar donde nacieron, ya que no sienten la necesidad de experimentar cosas nuevas y lo que es conocido es lo que les da seguridad y certeza. Otros, como yo, desde niños hemos tenido la insaciable e irresistible curiosidad por saber que hay más allá del horizonte divisado, por sentir bajo los pies otras tierras, conocer nuevas culturas, experimentar nuevos sabores, convivir, compartir y relacionarse con tantos seres humanos como sea posible y aprender de todos ellos, ya sea mediante el consenso o el disenso… Y no hablo tan solo de rozar la epidermis de otros lugares haciendo turismo… hablo de descifrar, entender y asimilar, en la profundidad del alma, el sentir y el palpitar de urbes y comunidades tan distantes como diferentes…

Caminar por calles nuevas, disfrutando de un anonimato total y absoluto, con los ojos bien abiertos y los oídos prestos para captar todo lo que nos rodea, es una de las experiencias más subyugantes que me ha tocado vivir… Es la misma sensación que experimentaba cuando los domingos por la tarde me colaba sigilosamente al cuarto de mis progenitores para escuchar la radio a transistores de mi padre. Encendía el aparato y luego ponía la perilla del dial en ‘onda corta’, también conocida como SW (del inglés shortwave), esa en la que transmiten las emisoras de radio internacionales su programación al mundo y muy lentamente buscaba cada una de las emisiones que la antena captaba, experimentando una emoción singular al escuchar voces de todos los continentes habitados por la prole humana. Los idiomas se mezclaban constantemente, muchos ni siquiera los entendía pero no importaba, ya que cada expresión que escuchaba era una ficha más que encajaba en ese gigantesco, dispar y multicolor puzzle que es la humanidad y que siempre he buscado (en vano) entender y discernir…

Ese para mí, en aquel momento, era el pasaporte perfecto a mundos nuevos, a historias distintas, era la posibilidad de satisfacer, aunque sea mínimamente, la necesidad más grande que me ha consumido desde que tengo uso de razón: aprender lo que más se pueda sobre la excéntrica y extravagante sociedad que ha creado el ser humano y el loco camino que hemos inventado hacia la nada…

Tal vez, por eso, no sea de extrañar que la profesión que elegí desde muy niño sea, justamente, la de comunicador social, porque eso significa ver el mundo exactamente desde el lado opuesto del lente que le gusta a la gente estar y ese es el lugar perfecto (al igual que la radio a transistores de mi padre) para escudriñar el mundo y su protagonista principal: ese que dice ser ‘homo sapiens’ y ni siquiera sabe que quiere, que busca y/o donde está…

 

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