Los ojos del Nazareno

En el altar de la iglesia del Convento de las Capuchinas, se encontraba una imagen de Jesús de Nazareno. Era una bellísima imagen elaborada en Guatemala que, originalmente, estaba destinada para ser venerada en la capilla de la casa de los condes de Santiago Calimaya.

Después de permanecer en la capilla por un tiempo, uno de los condes obsequió la escultura al convento. Se trataba de una majestuosa imagen del Ecce Homo sangrienta y doliente como pocas, los fieles temblaban de dolor y pena al verla, tal era su realismo. Los ojos del Nazareno, hechos de vidrio, expresaban una triste mirada plena de humildad y dolor que eran el rasgo sobresaliente de la escultura.

La doliente imagen salía en procesión todos los viernes santos y recorría las calles de la ciudad, seguida de penitentes que se flagelaban las espaldas hasta desfigurarlas y hacerlas sangrar. El Nazareno era el patrón de la Cofradía y cada año le celebraban efectuando un novenario. Para tal ocasión, en el presbiterio de la iglesia de las capuchinas se levantaba un altar especial, en el que se remplazaban las sencillas potencias de plata del Nazareno, por otras elaboradas en oro, con los rayos cubiertos de esmeraldas, rubíes y diamantes y con las bases adornadas con una gran amatista y perlas. Las telas que engalanaban el altar estaban bordadas con hilos de oro. Había candeleros de plata maciza, tallados por artistas que eran un primor. En ellos se colocaban velas escamadas y no faltaban las flores en jarrones de fina porcelana.

Una tranquila tarde en que el silencio cubría el convento y las monjas dormían la siesta, la iglesia se encontraba cerrada. Domitilo Alderete, el sacristán, no dormía sino que aprovechaba el tiempo para arreglar una cortina. Absorto en su labor, Domitilo escuchó de pronto que de la puerta que daba acceso a la iglesia llegaban unos ruidos como si alguien quisiera forzarla por medio de una ganzúa. Al poco rato, un hombre penetró al interior con mucho sigilo. Al verlo, Domitilo se escondió detrás de la cortina y vio al hombre que se acercaba al altar del Nazareno. Subió hasta donde se encontraba la imagen y le arrancó de la cabeza una de las suntuosas potencias, que guardó en un saco que traía para tal efecto. El ladronzuelo ya se aprestaba a quitar las otras dos potencias cuando el sacristán tomó uno de los jarrones del altar y le dio tremendo golpe en la cabeza, haciéndolo caer al suelo medio atontado. Con esfuerzo consiguió abrir los ojos y su mirada chocó con la doliente y acuosa del Cristo, cuyos ojos parecía que acaban de llorar de tristeza y desencanto.

Al sentir la mirada, el ladrón lanzó un grito desgarrador, su cuerpo empezó a temblar, un frío mortal le recorría las venas del cuerpo, su expresión acusaba miedo y pánico. Su rostro mostraba la palidez de los muertos y sus ojos parecían los de un demente.  El criminal se llamaba Teodosio Liñán y era un delincuente de la peor especie, que vivía en el pecado del vicio y la lujuria.

Al ver en el suelo al hombre, el sacristán lo levantó en brazos y se dirigió hacia el Palacio Virreinal. Cuando llegó, a los alcaldes del virrey les comunicó que el hombre que llevaba era un ladrón sacrílego que había querido desvalijar al santo Nazareno.

Teodosio, por su parte, no escuchaba nada de lo que se decía, se limitaba a decir cosas incoherentes que nadie entendía, sin dejar de temblar. Fue enviado a la Cárcel de la Corte. El preso gritaba furioso y sudaba de miedo ante las cosas terribles que sólo él podía ver y oír y que le perseguían causándole tal terror.

Las autoridades se dieron cuenta que Teodosio había perdido la razón y decidieron trasladarlo al hospital psiquiátrico. El hombre se quedó sentado en una esquina de la gran sala del hospital, muerto de miedo y con las manos en los ojos tratando, en vano, de librarse de la mirada acusadora del Nazareno que lo perseguía sin tregua. Los sudores de miedo y los temblores de pánico eran un verdadero calvario.

El tiempo pasó… muchos años transcurrieron desde aquel sacrílego intento de robar el altar del Nazareno y Teodosio seguía igual, tal vez peor, siempre viendo la mirada acusadora de aquellos ojos inmóviles que a veces lloraban de tristeza.  El hombre nunca recobró la razón y vivió un verdadero tormento el resto de sus días.

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