Miremos hacia adentro…

La vida nos ofrece cada año en este tiempo la posibilidad de dar una mirada retrospectiva a nuestra malgastada vida espiritual. La constante necesidad de fijar nuestra atención en el aspecto material para buscar el sustento de la familia nos aparta, sistemática e inexorablemente, del camino de la vida espiritual, exaltando permanentemente nuestro aspecto más oscuro que es el individualismo y el egoísmo. En un tiempo que es más fácil dividir o restar que sumar, tomar para si en vez de dar, mentir mas que decir la verdad y ofender mas que perdonar, tomar un poco de aire y reubicar nuestro meridiano emocional y espiritual, es todo un reto que deberíamos asumir durante el período de reflexión que nos impone la Pascua…

Por eso, si no queremos centrar nuestros objetivos únicamente en las cosas materiales de éste mundo, debemos buscar un momento de reflexión que nos reencause en las metas y objetivos espirituales. Para eso es esencial que veamos claro que en la vida no sólo se vive para comprar cosas y atiborrarnos de bienes materiales sino que, muy por el contrario, las cosas que llenan plenamente nuestra existencia no se pueden comprar… porque no tienen precio.

Cuenta una historia que cierto día cuatro velas se consumían lentamente luego de una gran fiesta. El ambiente estaba tan silencioso que se podía oír el diálogo que mantenían entre ellas…  La primera dijo: “¡yo soy la paz!  pero las personas no consiguen mantener mi luz, creo que me apagaré” y poco a poco, su fuego se consumió.

La segunda dijo entonces: “¡yo me llamo fe! pero las personas no quieren saber nada de mí. Soy muy débil y no tiene sentido seguir dando luz… así que cuando terminó de hablar, una brisa pasó suavemente sobre ella y se apagó.

Con mucha tristeza la tercera vela manifestó: “¡yo soy el amor! pero no tengo fuerzas para seguir encendida ya que todos me dejan de lado, se olvidan hasta de sus seres queridos… y sin esperar más, se apagó.

De repente entró un niño a la habitación y vio las tres velas apagadas. “¿Qué es esto?”, preguntó con desilusión… “Ustedes debían estar encendidas hasta el final” expresó…  así que, lleno de tristeza, comenzó a llorar…  Fue allí cuando la cuarta vela habló y dijo: “No tengas miedo, mientras yo tenga fuego podremos encender a las demás, pues ¡yo soy la esperanza!”…  Con los ojos brillantes el niño tomó la vela encendida y volvió a darles luz a las demás y así se iluminó nuevamente todo el cuarto…

Ojalá que esa misma luz de esperanza nos ilumine a todos para seguir generando paz, fe y amor en bien de nuestras familias y de la comunidad…

Es tiempo de pascua, es tiempo de reflexión, procuremos “ver hacia adentro” y avivar nuestra llama espiritual, pues así las trivialidades y preocupaciones de la vida no podrán apartarnos del buen camino…

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