¿Tenemos nuestro destino marcado?

Una de las grandes preguntas que se ha hecho la humanidad a lo largo de su historia es si tenemos el destino marcado o nosotros mismos, con nuestro libre albedrio, fabricamos nuestro porvenir.

Hay quien piensa que nuestro destino está marcado en un libro o en los Astros y hay quien cree que lo fabricamos nosotros mismos con nuestras acciones… ¿cuál de las dos posiciones es la más sustentable? La ciencia responde a esa pregunta con la misma paradojal ambigüedad.

Según la lectura que hagamos de una teoría física u otra podemos llegar a diferentes respuestas. Por ejemplo, la Relatividad parece responder afirmativamente a que hay un destino, según la teoría de Albert Einstein el Universo es similar a una película de cine, donde podemos avanzar cuadro a cuadro y hasta podemos retroceder. Claro, eso lo hacemos como observadores, si fuéramos personajes de la película no podríamos retroceder en el tiempo. Bajo esta perspectiva el libre albedrío es sólo una ilusión.

Pero esa respuesta no es definitiva, la otra teoría física del siglo XX, la mecánica cuántica parece responder lo contrario. El futuro no solamente no existe con precisión sino que ni siquiera podemos pedirle al presente dicha precisión. La naturaleza es aleatoria. El Universo ya no es una película, es una verdadera ruleta que gira hasta que el observador la detiene y, recién allí, se manifiesta como una certeza…

Sin embargo algunas personas parecen presentir hechos que llamamos coincidencias o destino y logran sacarles partido. He aquí algunos casos que han llamado especialmente la atención: Sólo cuando su tren entró en la estación de Louisville, George D. Bryson decidió interrumpir su viaje a Nueva York para visitar aquella histórica ciudad de Kentucky. Nunca había estado allí y tuvo que preguntar dónde se encontraba el mejor hotel. Nadie sabía que estaba en Louisville y, en broma, preguntó al recepcionista del Hotel Brown: “¿Hay cartas para mí?”. Quedó atónito cuando el recepcionista le entregó una carta dirigida a él que llevaba el número de su habitación. El anterior ocupante de la habitación 307 había sido otro George D. Bryson, que no tenía nada que ver con él.

Una coincidencia notable, por cierto, que cobra mayor interés cuando la narra el doctor Warren Weaver, matemático y experto en probabilidades que cree que las coincidencias están regidas por las leyes del azar y el destino, rechazando cualquier sugerencia de elementos misteriosos o paranormales.

Orden Universal

En el punto de vista opuesto se sitúan quienes creen en las teorías de la “sincronicidad” del doctor Paul Kammerer, Wolfgang Pauli y Carl Gustav Jung. Aunque los tres se acercaron a la teoría de las coincidencias desde perspectivas diferentes, sus conclusiones sugerían la existencia de una fuerza misteriosa y apenas comprensible en el Universo, una fuerza que intenta imponer su propio orden en el caos de nuestro mundo. La moderna investigación científica, sobre todo en los campos de la biología y la física, también parece acusar una tendencia de la naturaleza a ordenar el caos. Pero los escépticos no se dejan convencer: cuando las cosas suceden al azar, argumentan, tienen que producirse las agrupaciones que llamamos coincidencias. Hasta es posible predecir esas agrupaciones o, por lo menos, predecir la frecuencia con que sucederán.

Los matemáticos usan esa ley para explicar, por ejemplo, la fantástica serie de aciertos que valieron a Charles Wells el título de ‘El hombre que hizo saltar la banca en Montecarlo’. Wells, en 1891, hizo saltar tres veces la banca del casino de Montecarlo. Aparentemente, no usaba ningún sistema: apostaba cantidades iguales a rojo o negro, ganando casi todas las veces, hasta que, finalmente, sobrepasó la banca de 100.000 francos asignada a cada mesa. En cada ocasión los empleados cubrieron la mesa con un lúgubre paño negro de “luto” y la cerraron por el resto del día. La tercera y última vez que Wells apareció en el casino, colocó su primera apuesta en el cinco: las posibilidades de que saliera eran de una entre 35. Ganó. Dejó la apuesta original y le añadió sus ganancias. El cinco salió de nuevo y volvió a salir cinco veces más. Apareció el paño negro. Wells se marchó con sus ganancias y nunca más fue visto en el casino.

Los teóricos de la sincronicidad y quienes han continuado los trabajos de Kammerer, Pauli y Jung, aceptan la idea de que hay “racimos” de números, pero consideran que la “suerte” y la “coincidencia” son dos caras de la misma moneda. Los conceptos clásicos paranormales de PES, telepatía y precognición podrían ofrecer una explicación alternativa de las razones por las que unas personas tienen más “suerte” que otras.

¿Coincidencia, destino, casualidad, causalidad?

El caso de tres barcos muy conocidos como el Titan, el Titanic y el Titanian, otra vez ponen a prueba la pregunta si el destino está marcado… En 1898, el escritor norteamericano Morgan Robertson publicó una novela acerca de un gigantesco trasatlántico, el Titan, que se hundía una fría noche de abril en el Atlántico, después de chocar con un iceberg en su primer viaje. Catorce años después, en uno de los peores desastres marítimos de la historia, el Titanic se hundió en una fría noche de abril en el Atlántico, después de chocar con un iceberg en su primer viaje. Las coincidencias no terminaron allí. Los dos barcos, el real y el de ficción, tenían aproximadamente el mismo tonelaje y ambos desastres ocurrieron en el mismo sector del océano. Uno y otro eran considerados “insumergibles” y ninguno llevaba suficiente cantidad de botes salvavidas.

Si se agrega la extraordinaria historia del Titanian, las coincidencias Titan-Titanic comienzan a desafiar la credulidad humana. El tripulante William Reeves, que estaba de guardia una noche de abril de 1935, durante un viaje del Titanian entre el Tyne y Canadá, tuvo un presentimiento. Cuando el Titanian llegó al lugar donde se habían hundido los otros dos barcos, la sensación era insoportable. Pero ¿podía Reeves detener el barco sólo por un presentimiento? Otro factor lo decidió: había nacido el día del desastre del Titanic. “¡Peligro avante!”, gritó al puente. Las palabras apenas habían salido de su boca cuando un iceberg apareció en la oscuridad. El barco lo evitó por muy poco… ¿Casualidad?… ¿destino?

Si las coincidencias pueden jugar con el espacio y el tiempo en su búsqueda de “orden en el caos”, no es sorprendente que vayan más allá de la tumba. Mientras actuaba en una gira por Texas, en 1899, el actor canadiense Charles Francis Coghlan enfermó en Galveston y murió. Estaba demasiado lejos, 5600 km por mar, para enviar sus restos a su pueblo de la isla Prince Edward, en el golfo de San Lorenzo. Fue enterrado en un ataúd de plomo, en una tumba excavada en granito. Sus huesos habían descansado menos de un año cuando el gran huracán de septiembre de 1900 azotó la isla de Galveston, inundando el cementerio. La tumba sufrió graves daños y el ataúd de Coghlan flotó hasta el golfo de México. Lentamente, derivó por la costa de Florida hacia el Atlántico, donde la corriente del Golfo lo arrastró hacia el Norte.

Pasaron ocho años. Un día de octubre de 1908, unos pescadores de la isla Prince Edward vieron un cajón alargado y estropeado por la intemperie, flotar cerca de la costa. El cuerpo de Coghlan había vuelto a casa. Con respeto y temor, sus paisanos isleños enterraron al actor en la iglesia más próxima, donde había sido bautizado. ¿Casualidad? ¿Destino? ¿Una simple jugarreta del azar? ¿O esa extraña y poderosa fuerza que algunos llaman coincidencia, que intenta hacer más sensato el Universo?

 

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